A lo largo de su obra Lacan ha abordado la disimetría de los sexos respecto al amor de diferentes maneras, primero como interrogación sobre los místicos y su lugar extraño para enunciar; a continuación: podríamos también oponer el estilo fetichista del amor en el hombre al estilo erotomaníaco en la mujer. En efecto sabemos, cualquiera que hayan sido clínicamente las tentativas de encontrar en la mujer el equivalente de la clínica del fetiche en el hombre, por ejemplo en el fetichismo de las telas, de la envoltura, que no son suficientes, se quedan cortas. El hombre fetichista elige la ropa interior, el zapato, de una manera precisa. Las damas que tienen fetichismo por las telas, más bien se las ponen encima. Es el resorte de la industria del fetiche, rama importante de la industria de nuestro tiempo. La publicidad busca la industrialización de la diferencia entre el punto de vista masculino y femenino bajo la forma: “me gusta llevar lo que a él le gusta tocar”.
Por el contrario, en la clínica de la erotomanía, tenemos en efecto una gran disimetría, la erotomanía es, en un gran porcentaje, femenina. Cuando Lacan habla de “estilo erotomaníaco” del amor femenino, es para colocar en primer plano la certeza del amor. Hace referencia a una versión de la erotomanía que ha producido su maestro en psiquiatría De Clérambault. Este hablaba de lo que llamaba el postulado: el sujeto dice – me ama, estoy segura. No soy yo quien le ama, es él quien me ama. Una verdadera erotomanía estaba siempre construida sobre este postulado. La extraña consecuencia de este amor es que no solamente es él quien me ama, si no que me habla. Todo se convierte en palabra del ser amado y todo es señal del ser amado.
Del lado del hombre, se goza en silencio. El fantasma opera en silencio. Y hay toda una patología particular del lado masculino. El hombre que no debe ser molestado por el ruido o por la palabra fuera de lugar mientras está a lo suyo. O que incluso exige que, si hay palabras, deben todas estar vinculadas al vocabulario en juego en la sexualidad, y no a otro. Del lado de la dama, es necesario que el ser amado hable: “háblame”. Hay aquí toda una disimetría que es uno de los resortes cómicos de las dificultades del amor.
De hecho, el sujeto femenino busca también un goce silencioso. Es el que se alcanza en la experiencia mística. Se encuentra en la notación que Dios se calla, y que se manifiesta por su pura presencia. Es esta relación con la falta en el Otro que Lacan ha apuntado. En el Otro, las mujeres están en relación con ese lugar en el que faltará la última palabra sobre el amor (A barrado). Frente a esta falta, del lado masculino, está el objeto del fantasma, y del lado femenino, lo que llegará al final en su lugar, como dice Jacques Alain Miller en un artículo [1], es el goce de la palabra (A barrado). No es hablar en el sentido de hablar para no decir nada, no es hablar como se dice: “las mujeres hablan, hablan mucho más que los hombres, lo que ha hecho el éxito del teléfono móvil, etc.”; ellas hablan, pero no es este el asunto, es solo la superficie. El elemento profundo es que hace falta que se hable para gozar. El punto en el que del lado femenino la palabra se calla, es también el punto en el que se goza de la palabra. Es el punto del que no puede decirse nada, todas las palabras desfallecen. En este lugar paradójico se manifiesta la esencia misma de la palabra y el punto donde ella desfallece. Es ahí donde las mujeres recobran el silencio de un amor más digno que la charlatenería que describen sus laberintos.
1. " La Maladie d’amour ", La Cause freudienne, n° 40.

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