Por Verónica Lagamma
Podemos comenzar diciendo que la pubertad marca el inicio de la adolescencia. La pubertad introduce una metamorfosis, tal como lo trabaja Freud en “Tres ensayos sobre la teoría sexual” y es aludida por Lacan en términos de despertar. Sabemos que la adolescencia es una etapa frágil donde hay un peligro de contornearse hacía lo peor. Este momento acarrea un viraje importante, donde lo que está en juego es la elección de una posición subjetiva, que implica un modo de gozar y también un modo de desear. Los modos y los medios que los adolescentes utilizan para poder cernir esta posición son heterogéneos. Una de las particularidades que marca este tiempo es el de la búsqueda a veces silenciosa y otras no tanto de nuevos nudos para crear ciertos anclajes. Es decir que el adolescente se verá en la búsqueda de anudar de un modo novedoso aquello que ya no responde al continente de la infancia. Es por eso que podemos pensar este momento como de un cierto desamparo subjetivo. El Otro, no se le presenta como alguien al cual podría dirigirse. Esa apuesta al Otro como apoyo de un ideal, de un saber queda abolida. Es decir, este Otro se le presenta como alguien que no puede aportarle una solución. Y esto es lo que muchas veces escuchamos decir del adolescente, que no cuenta lo que le pasa, que está encerrado o refugiado en algún goce indecible.
La clínica con adolescentes nos enseña que las soluciones que ellos recurrían en la infancia no son ya resolutivas en el despertar de la pubertad. Algo viene hacer sombra en el cuadro de la infancia. Es así que se les presentan nuevos problemas que fuerzan a nuevas soluciones. Llegando en muchos casos al desencadenamiento del síntoma en su vertiente más sufriente. La entrada en la adolescencia va a implicar hallar una salida. La dificultad que hoy encontramos es que la adolescencia se alarga y no sabemos cuándo se sale de ella. La adolescencia se hace eterna cuando no se halla una posible salida. Hoy podemos recibir en nuestros consultorios sujetos que cronológicamente no estarían en la adolescencia, y sin embargo constatamos una indeterminación en sus elecciones, en sus decisiones. La elección de una carrera, una profesión o algún interés que pueda emerger del sujeto queda suspendida, dejando al sujeto en un estado de divagación.
Cabe entonces preguntarnos qué decimos cuando hablamos de salidas de la adolescencia. Y de qué manera un adolescente puede salir. En primer lugar no hay única salida, sino que vamos a pensar en múltiples salidas, haciendo hincapié en la singularidad de cada sujeto. Desde esta perspectiva es que pienso que las salidas que el adolescente intenta encontrar van a estar en relación a las diferentes soluciones que cada adolescente puede inventar en el transcurso de un análisis.
El encuentro con un analista puede posibilitar a un adolescente que ponga en palabras sus sufrimientos, sus afectos. Es hablando que el sujeto adolescente puede hilar de otra manera las piezas que constituyen su vivir y decir de la novedad que se introduce en este despertar. Despertar que lo convoca a un imposible de decir. Es un imposible de decir sobre temas que estaban amparados en la infancia. Muerte y sexualidad llevan las marcas de un imposible de decir. Y sobre todo es la confrontación con lo imposible de saber sobre el sexo.
Hoy los sufrimientos de los adolescentes están marcados por la época del discurso capitalista, donde la exigencia de gozar es más fuerte que aquella que conlleva a un ideal. La idea de Lacan es que, antes de esta época capitalista, los sujetos podrían encontrar a partir de los padres un cierto número de ideales. Podría decir que se podía hacer uso de los ideales. Hoy los ideales se han pulverizados y la propuesta que hay para el adolescente es entrar en el mundo del consumo.
Ahora bien, me interesa detenerme en este punto para dar cuenta de una situación que nuestra época vive a diario. Como por ejemplo he escuchado de jóvenes decir: “dame el celular o te mato” Me parece que esta expresión requiere de una interpretación, es decir interrogarnos porqué alguien mataría por un celular. Muchas veces caemos en determinados prejuicios de considerar a estos jóvenes sólo por el lado de la delincuencia y no nos detenemos en analizar los síntomas en relación a la época. Entonces podríamos preguntarnos ¿Qué es lo que el Otro social marca en el sujeto?
Para responder voy a servirme de las palabras de un psicoanalista francés Alexandre Stevens. Este autor nos dice, que el mundo del consumo, de los objetos consumibles, en primer lugar no permite fácilmente restablecer ideales, más bien provoca el deseo de tener los objetos consumibles. Cabe preguntarse ¿Qué efectos tiene en los jóvenes no poder acceder a estos objetos de consumo? La respuesta más evidente es el efecto de la monstruosa exclusión que provoca no poder alcanzar estos objetos. Si el ideal es el objeto de consumo, para tenerlo no hay sino dos soluciones: comprarlo o robarlo. Entonces la cuestión para estos jóvenes de los suburbios marginales, no es necesariamente la exclusión social en el sentido de una dificultad en tener lo más elemental para vivir. Por lo tanto no es una exclusión de los bienes necesarios. Ellos se encuentran en una situación en la que se les propone desear objetos y al mismo tiempo, en la imposibilidad de tenerlos. Este es, por decir así, el auténtico monstruo de la exclusión.
A esto agregaría que muchos jóvenes roban para vender y comprar otro objeto de consumo como puede ser el tóxico. De este modo ubicamos como el objeto de consumo viene al lugar del ideal. Y como consecuencia los síntomas que surgen en el adolescente pueden estar en conexión a la compulsión del consumo de diferentes maneras. Como por ejemplo: bulimia, toxicomanías, gadgets, imágenes, etc. Conduciendo al sujeto a una práctica de goce que lo deja en un callejón sin salida. Quedando sumidos en una satisfacción mortífera, que apaga el deseo y rechaza todo saber.
Desde el psicoanálisis lacaniano podemos pensar las salidas de la adolescencia por el lado de una elección del sujeto, de decidir una profesión, un nombre, un ideal, la elección de una pareja o asumir una posición sexuada. Diría, pues, que se tratará de las soluciones que cada sujeto encuentra en un análisis para salir de la adolescencia.
Pensemos que el adolescente puede elegir un síntoma que tenga una envoltura significante. Es decir no en su vertiente de sufrimiento, de padecimiento. Cuando hablamos de síntomas también tenemos que decir que constituir un síntoma estabiliza. Por ejemplo hacer de una profesión un síntoma. Tener un proyecto de vida es un modo de montar un escenario en nuestra realidad, que le dará un sentido a nuestro vivir. Podría decir que es un hacer acorde a un síntoma, articulado a una elección que tendrá una envoltura vivificante para un sujeto.
Concluyamos, entonces, que las soluciones que cada adolescente alcanza en un análisis tienen diferentes caminos, no son las mismas para todos. Puede incluir el desciframiento del síntoma, puede incluir una invención a su sufrimiento o algún anudamiento en relación a su deseo. Recordemos que Freud ya nos advertía que el analista está alejado de cualquier furor curandis. En este sentido se tratará no de encontrar soluciones al modo del furor curandis sino de hallar las diferentes soluciones que un joven o niño puede extraer del trabajo que un psicoanálisis propone a un sujeto. Y es precisamente el deseo del analista, el que contribuye a crear las condiciones de un arreglo menos sufriente con el goce del síntoma.
*Psicoanalista
Texto publicado en la Revista Vecino
http://www.elvecinoderosario.com.ar/?p=1512
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