sábado, 4 de junio de 2016

La identificación en la dirección de la cura


por Graciela Brodsky

Una viñeta clínica que permite reconocer con precisión la naturaleza del "yo soy" en las entrevistas preliminares, sirve de base a Graciela Brodsky para situar diversos puntos esenciales para la dirección de la cura.
Una mujer joven vino a verme hace poco, planteando una demanda de análisis en los siguientes términos: he sido toda mi vida como una hoja al viento, como una arcilla que cada quien podía modelar a su antojo. Mi madre siempre quiso que yo fuera una mujer con "charme" y así me pasé años ensayando nuevos peinados, nuevos vestidos y desfilando frente al espejo para encontrar la pose justa que disimulara mis hombros caídos y mi papada. Mi padre siempre quiso que yo fuera una mujer culta, y así pasé un tiempo yendo a las librerías, abriendo los libros, hojeándolos sin resolverme a comprar ninguno porque en realidad nunca me gustó leer. Ahora por fin sé quien soy: ni tengo "charme" ni soy culta. Soy una mujer común y corriente.
-¿Cómo se dio cuenta de eso? - le pregunté. -Porque desde que quedé embarazada -responde - me di cuenta que eso era lo que quería: casarme y tener hijos, como todas las mujeres. En el fondo eso es lo que todas las mujeres quieren, aunque se hagan las liberadas.
Me entero así que está casada desde hace un tiempo y que tiene en el momento en que consulta dos meses de embarazo.
- ¿Y por qué viene a verme? ?fue mi siguiente pregunta.
-Porque es la primera vez que me siento yo misma, que estoy tranquila, y entonces quiero reflexionar sobre mi vida. Mi marido, que sabe bastante de psicoanálisis, me dijo que este es el momento adecuado para pensar en mi pasado ya que dentro de poco tendré que ocuparme de mi hijo y debo entender lo que fue mi relación con mis padres para no cometer los mismos errores.
Vi a esta mujer algunas veces más y le sugerí que volviera a verme cuando naciera su hijo, es decir que por el momento, no acepté su demanda de análisis.
Uno podría preguntare por qué, ya que en su relato no es difícil ver que lo que durante años fue la fuente de su malestar, es decir organizar fallidamente su vida de acuerdo a lo que suponía era el deseo de aquellos que encarnaban para ella el lugar del Otro: su padre y su madre, esa estructura que podríamos ubicar del lado de la histeria, en tanto ella sostiene su deseo insatisfecho identificándose al deseo del Otro, esa estructura, digo, seguía intacta, puesto que ella viene a verme porque ese es el deseo de su marido. Efectivamente, ella no es menos neurótica ahora, que dice saber quién es, que antes, que se sentía como una hoja al viento, pero esa, que es la lectura que yo puedo hacer de lo que ella dice, que me permite incluso hacer un diagnóstico presuntivo de histeria, no alcanza para iniciar un análisis. Paradojalmente, en relación a su demanda de análisis ella está ahora peor situada que antes, porque si bien es igualmente histérica ahora ha encontrado una vía que no es de salida, sino un cortocircuito para temperar el sufrimiento que para ella, como para todos, implica su indeterminación subjetiva, lo que ilustra con la imagen de la hoja al viento. Ahora ella se dio una respuesta a este no saber quién era mediante la identificación a un significante, ahora un significante la representa: ella es madre, y subrayo el es, porque mediante el significante madre ella se da el ser y obtura eso que Lacan llama la falta en ser. Ahora ella es, y si alguien está muy seguro de ser el que es, es mejor esperar antes de iniciar un análisis; para iniciarlo es preferible que la falta en ser del sujeto desemboque en una demanda de ser dirigida al analista. Esto abre las puertas de la transferencia. En modo alguno pienso que se trate de un caso inanalizable, sólo creo que hay que esperar, esperar hasta que la identificación demuestre su insuficiencia para dar identidad al sujeto.
Es curioso el campo de la identificación. Si Uds. quieren, con el caso que les comento intento ilustrar cómo la identificación obtura la pregunta por el ser que uno espera de quien viene a demandar un análisis. Es lo que en la práctica vemos formularse por ese "no sé quién soy", "no sé qué me pasa". Este "no sé" es una forma que podríamos llamar típica de manifestación del sujeto del inconsciente.
El síntoma, por ejemplo, da al sujeto una respuesta, falsa, pero respuesta al fin, al ¿quién soy? y en este sentido tranquiliza. Por eso no hay que ser demasiado complaciente con el sufrimiento de quien viene a vernos diciendo "soy frígida" o "soy asmático" o "tengo ideas que no se me quitan de la cabeza". El "soy", así corno el "tengo" con que alguien se presenta ante nosotros encubren, estabilizan, la falta de ser del sujeto que no tiene otra forma de representarse que mediante un significante, pero como el significante siempre puede querer decir otra cosa, el sujeto no encuentra una certeza en esta representación.
Digo que el campo de la identificación es curioso porque la división subjetiva que la identificación busca rellenar imaginariamente, es al mismo tiempo producto de una identificación, de una identificación de otro tipo, a partir de la que el sujeto hará su entrada al mundo identificado a un significante, que lejos de hacerlo idéntico a sí mismo, lejos de hacerlo Uno, lo hará otro para sí mismo. Esto claro está, si las cosas van bien, porque puede ser que la operación que debe permitir esta identificación falle y entonces el individuo tendrá el destino de la psicosis. Como ven, entonces, podemos distinguir al menos dos formas de identificación, una que produce al sujeto como dividido y otra que busca cerrar esta división. Digo al menos dos porque saben que Freud distingue tres formas de identificación en el capítulo 7 de "Psicología de las Masas": la identificación primordial, la identificación al rasgo y la identificación histérica al deseo del Otro. Lacan articula entonces estos tres modos de identificación con los tres registros: real, simbólico e imaginario, y si bien no es en esto en lo que me quiero detener hoy, basten estas indicaciones para permitirnos ver que el campo de la identificación no es homogéneo y que quizás sea más correcto hablar de las identificaciones.
Yo decía hace un momento que las identificaciones no alcanzan a dar identidad al sujeto. Quisiera precisar que cuando digo esto, me refiero explícitamente a que no alcanzan para dar identidad sexual. Si hubiera dos líbidos, una masculina y otra femenina, si hubiera dos significantes para representar la sexualidad, así como de hecho hay dos sexos, biológicamente hablando, entonces no habría problemas; los hombres biológicos se identificarían al significante de la masculinidad y las mujeres biológicas al significante de la feminidad. Habría entonces complementariedad entre los sexos.
El problema existe porque tal como lo descubrió Freud, sólo hay un significante para representar la sexualidad humana: el falo, que no es un órgano sino un significante. Eso no quiere decir que no haya una sexualidad femenina, sólo quiere decir que no hay un significante que la represente, que la sexualidad femenina se rige por una lógica que no es la del significante.
Porque no hay identidad sexual existe el Edipo, que es precisamente una estructura que mediante la identificación que marca su final, produce una identidad sexual, entre comillas, que puede o no coincidir con la sexualidad biológica. Produce una identidad sexual, pero también produce la neurosis, justamente porque la identidad sexual que se obtiene vía el Edipo es una identidad que cojea. En todo caso es una identidad que ni pacifica el goce ni termina de normalizar la sexualidad y la relación entre los sexos. Por eso Freud encuentra un límite al psicoanálisis: el Edipo no resuelve la maldición sobre el sexo que soporta el ser humano porque ésta no se debe a un accidente en la historia personal, no es producto de una contingencia individual que el Edipo no pacifique la sexualidad, no es algo que podría haberse evitado si los padres hubieran sido otros.
El Edipo produce la neurosis porque no puede producir otra cosa, porque la identificación al falo que escande su final desemboca para el hombre en la obsesión de no perderlo − lo que lo lleva incluso a no ponerlo en juego − satisfaciéndose de sus sustitutos, y para la mujer en la insatisfacción por no tenerlo, que la conduce a buscar sustitutos que no estarán nunca a la altura de aquello de lo que se siente privada. Es aquí que yo espero a la paciente que vino a verme, la espero, como quien dice, en la bajadita, porque creo que cuando su hijo nazca, algo volverá a abrirse para ella. Al menos esa es mi apuesta.
Si Freud teoriza el final de análisis como una roca impasible: la de la castración, esta es la consecuencia necesaria del complejo de Edipo, no es un problema de Freud. Es la lógica que organiza la cura, si se tiene en mira una reconciliación con la identidad sexual vía la identificación al falo, la que desemboca necesariamente en el impase de la castración, justamente porque no hay reconciliación posible. Freud lo sabía, por eso escribió "El malestar en la cultura".
Creo que es a partir de aquí que podemos detenernos a considerar el problema de la identificación y el final de análisis, pero quisiera hacer antes un pequeño rodeo.
El problema del final de análisis puede tomarse desde lo que podríamos llamar el estado del paciente. De acuerdo al marco teórico que adoptemos, podemos decir entonces que alguien ha terminado su análisis si han desaparecido sus síntomas, o si ha resuelto el Edipo, o si ha elaborado la posición depresiva, o si ha rectificado las relaciones de su yo con la realidad, o si ha atravesado su fantasma fundamental etc., etc. Esta es una manera de ver las cosas que no toma en cuenta que para conducir un análisis de modo tal que sea un análisis que tenga un final, hay que producir una salida de la transferencia. Freud mismo observó cómo, en ocasiones, la transferencia − es decir el amor − era justamente un obstáculo para la resolución del análisis. Esta forma de encarar el problema del final de análisis pone el acento en cómo se desata el lazo social que un análisis, paradójicamente, busca anudar con las entrevistas preliminares y busca sostener a todo lo largo del recorrido. Hay un grabado de Goya que se llama "No hay quién nos desate", se refiere a un hombre y una mujer, pero esta sería una fórmula para plantearse el análisis interminable. Un análisis es interminable si el analista − no el analizante − se opone a la solución de la transferencia. Sus razones tiene, porque la salida de la transferencia no lo deja al analista en un lugar confortable. Cuando Lacan decía que el analista tiene horror de su acto, no se refería al horror de soportar la función del Sujeto Supuesto Saber que sostiene la transferencia. Por el contrario, al analista le encanta identificarse a este significante. Lacan se refería precisamente al horror de llevar el acto analítico hasta su fin, es decir hasta el punto en que, de supuesto de todo saber cuando al fin sabe algo de su paciente, el analista será el desecho de la operación para la que se prestó como instrumento.
Es a este momento de la salida de la transferencia al que los analistas han tratado de dar solución de inspiración freudiana, porque es Freud, efectivamente, quien plantea que la identificación con el objeto se puede convertir en el sustituto de la investidura de amor. Sólo que Freud agrega que de este modo el vínculo de amor no se resigna.
Mediante la identificación no se renuncia al objeto, sino que se lo retiene, lo que plantea entonces, lejos de una salida de la transferencia, su eternización, lo que no quiere decir la eternización del Sujeto Supuesto Saber.
Ahora bien, ¿es posible suponer que quienes han teorizado el final de análisis como identificación, ya sea al yo del analista, al superyó del analista, o, como se ha formulado más recientemente, la identificación a la función del analista, desconocieran esta indicación elemental de Freud de que la identificación mantiene el vínculo con el objeto de amor?
No me parece. Creo más bien que hay que preguntarse por qué, en la teoría psicoanalítica, y mediante la identificación ha llegado a pensarse el final de análisis como un modo de retención, incluso de incorporación del vínculo con el analista, y la respuesta no puede venir solamente de la resistencia del analista, a ser desechado al final del análisis, como tampoco de la infatuación del analista que se tomaría como modelo, dedicándose a crear analizantes a su imagen y semejanza.
Más bien habría que pensar, como lo formula Lacan en la Proposición del 9 de Octubre de 1967, que la prevalencia, que en la teoría psicoanalítica tiene la identificación para resolver el problema del final de análisis, se debe a la necesidad de sostener la función del padre Ideal. Cuando hablamos del padre Ideal hay que ponerse de acuerdo sobre lo que queremos decir; no se trata de sus cualidades, de sus virtudes, de su carácter, de la contingencia de lo que ha sido el padre biológico de cada uno. El padre Ideal es una función, es el Ideal del yo freudiano, es el padre que permitiría la normalización de la sexualidad al final del complejo de Edipo, es el padre del que seguramente ustedes oyeron hablar como el padre del pacto simbólico, el padre de la ley que pacificaría el goce.
La identificación es siempre un querer ser, y en ese sentido tiene en la mira al Ideal, por eso el final de análisis vía la identificación pone al analista a ocupar este lugar. Que el analizante ponga al analista en el lugar del Ideal no debe sorprendernos, pero que el analista se pliegue a esta estrategia del neurótico revela que su esperanza es lograr mediante el análisis lo que podríamos llamar una segunda versión, mejorada, del Edipo, reparando lo que en la primera fueron las fallas de la función paterna. Si el analista da este sesgo al análisis, es porque se ha identificado al saber que el analizante le supone, saber cómo hacer para arreglar el malentendido de la sexualidad humana, cómo armonizar con el Otro sexo, en dos palabras, saber cómo ser un buen padre.
Por el contrario, la propuesta de Lacan es un final de análisis sin identificación. Si hay una salida de la transferencia esta es consecuencia de un final de análisis concebido como separación del objeto que el analista encarnó y no como identificación a ese objeto. En este punto Lacan está cerca de Melanie Klein, para quien también el final de análisis está del lado de la separación, por eso lo teoriza como un duelo por el objeto ideal, y este punto de encuentro entre Lacan y M. Klein no debe extrañarnos porque el final del análisis depende del lugar que el analista ocupa en la cura. Si el analista funciona como un significante, el final de análisis deberá conducir, necesariamente, a una identificación. Si en la dirección de la cura el analista opera desde el lugar del objeto, el final de análisis será vía separación, porque no hay identificación posible al objeto; la identificación es siempre a un significante. Por eso Lacan dice que el analista ocupa el lugar de semblante de objeto, jamás ha dicho que el analista se identifica al objeto. Así como el objeto tomado como ideal funda la identificación, el objeto como causa de la división del sujeto la impide.
Presentado por Claudia Velásquez NEL-Medellín

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