
1) La primera pregunta tiene que ver con la terminación del análisis y el cambio de analista. ¿Qué ocurre en aquellos casos en los que el analizante, después de un recorrido de años con un analista, zanja su relación con él y elige cambiarlo por otro? ¿Se ha producido una sustitución, una subrogación de la persona que encarna el supuesto saber de una a otra? ¿Tiene que ser eso entendido como dificultades transferenciales (y por tanto dificultades a superar por el analizante dentro del propio trabajo de analizarse) o cabe la posibilidad de que cada fase del análisis de una persona vaya asociado a un analista diferente?
G.D: Es difícil, por no decir imposible, dar una respuesta genérica a una cuestión muy variable según los casos. El cambio de analista puede obedecer a razones muy diversas. Desde luego, en última instancia es siempre la transferencia lo que está en juego, aunque ello no debe entenderse necesariamente como algo que habría podido ser "superado". No toda la transferencia es elaborable, y existen momentos en los que un cambio de analista es la única salida para relanzar el deseo, o la apertura del inconsciente. En ocasiones, la transferencia o la reacción terapéutica negativas solo admiten un nuevo análisis, aunque desde luego ello no garantiza una inmunidad contra la repetición. Lo que sí podemos responder de forma general es que en todos los casos, el nuevo analista debe tratar con tacto y minuciosidad el punto de interrupción anterior, y no sucumbir a la satisfacción narcisista de ser "el sujeto supuesto saber más", fantasma que a menudo el analizante expresa de forma directa o tácita en las primeras entrevistas. Es fundamental que analista y analizante puedan alcanzar cierta elaboración sobre el punto o el momento de la cura en la que se produjo la finalización de la etapa previa.
2) He leído una cita de Lacan que parece decir que es el fin de análisis lo que convierte al analizante en analista. Ese paso tendría que ver con la destitución del propio analista del lugar del saber. Imagino que unido con otro logro como saber del propio deseo. ¿Qué relación se establece entre los analistas con los que a su vez continúan analizándose? ¿Los lazos transferenciales son diferentes? ¿Serían más teóricos que los establecidos antes o no tiene nada que ver con la “teoría” y siguen jugándose cuestiones inconscientes?
G.D: No sé si comprendo el sentido y el alcance de esta pregunta. El pase de analizante a analista no es una destitución del Otro, sino del sujeto. La destitución del Otro es más bien lo que sucede en la transferencia negativa, que es algo diferente. Destitución subjetiva quiere decir que el analizante asume a la vez la falta en ser definitiva e incurable, y al mismo tiempo obtiene la certidumbre de una diferencia absoluta como causa del deseo. Eso no impide, desde luego, que alguien que ha obtenido eso en un análisis no puede, llegado el caso y las contingencias de la vida, demandar un nuevo análisis. La transferencia no será por ello menos legítima, y desde luego sus resortes nada deberán a los conocimientos intelectuales, teóricos o doctrinarios. Por fortuna, el análisis no produce un desecamiento del inconsciente.
3) ¿Existe el fin de análisis en tratamientos con niños? Se me ocurre que no puede pedirse un atravesamiento del fantasma en el caso de terapias institucionales con niños pequeños. ¿Serviría para orientar a los padres en este caso para la interrupción o fin de tratamiento un aligeramiento del malestar del niño o un alivio sintomático? Comprendo la dificultad de generalizar la respuesta a las diferentes estructuras y casos, pero me gustaría preguntar si hay épocas o periodos, por ejemplo el de latencia, que por ser menos conflictivo, o menos activo, requiera con menos urgencia tratamiento. Lo planteo por la idea de no cronificar ante los padres y la escuela las dificultades de un niño, por más que se presuponga que pueden aparecer dificultades posteriores en la adolescencia.
G.D: No practico el análisis con niños, de modo que mi respuesta no está respaldada por una experiencia. Entiendo que el fin del análisis con niños solo puede fundarse en criterios exclusivamente terapéuticos. No obstante, es fundamental tener presente que ellos no habrán de establecerse sobre la base de la demanda y los ideales de los padres, ni tampoco a partir de los requerimientos de las instancias educativas. Nuestra labor no es contentar ni a los padres ni a los educadores, sino interesarnos por el sufrimiento del niño y la verdad que subyace a sus síntomas, con el propósito de permitirle un alivio y un manejo más eficaz de su mundo. Eso puede ser necesario a cualquier edad, y no creo que la latencia sea por definición un período menos proclive al conflicto, a la angustia, o al desencadenamiento de una neurosis, por ejemplo.
Preguntas realizadas por: Margarita Frances
1) Interrupciones
En tanto la experiencia analítica no se reduce a una técnica, no podemos saber de antemano el curso de la misma. Esto no impide que hablemos de dirección de la cura. Siguiendo la lectura que propone JAM en "El partenaire síntoma" (1), el final del análisis se inscribe en la lógica de lo posible ¿Qué pasa cuando una cura se termina bajo la modalidad de la interrupción? ¿Podemos pensar que las interrupciones obedecen a la lógica de lo necesario? ¿Cómo se orienta con ello el analista?
En el texto citado, J.-A. Miller sitúa las modalidades lógicas de lo imposible y lo necesario del lado de la "articulación significante", en oposición a "la investidura libidinal" donde coloca a lo contingente y lo posible. Añade que el pase es del orden de lo posible.
C.Cuñat: Pero ¿qué es una interrupción? Creo que sería interesante diferenciar la interrupción de los encuentros con un analista y la interrupción de un análisis propiamente dicho. En el primer caso, puede ocurrir que se interrumpan esos encuentros sin que haya habido entrada en análisis. En el segundo caso, habría que juzgar primero si ha habido análisis y después ver qué es lo que precipitó la interrupción. Desde el punto de vista analítico lo que precipita o preside una interrupción es la caída del sujeto supuesto saber, la desinvestidura del analista. Cuando eso ocurre, el analista ya no está para ese analizante en el orden de lo necesario. Esto puede ser interpretado como que se ha terminado el análisis. Que es posible proseguir sin el analista. Un encuentro con lo real como imposible puede precipitar de nuevo a un sujeto al análisis. Ahí se instaura de nuevo el orden de lo necesario, el síntoma como lo que no cesa de escribirse. Lo contingente del encuentro hará posible o no un análisis y su terminación. Pero eso no se puede saber por anticipado
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2) Sin tiket de salida
En el "Seminario 11", Lacan define la operación que pondría en marcha al analizante: la instauración del sujeto supuesto saber inicia el recorrido con el paso del inconciente sujeto al inconciente como saber. Sabemos que luego del tiempo que hace falta, resta como núcleo duro eso que no cambia; aparece así un límite al trabajo de desciframiento
En "Los usos del Lapso", JAM precisa (2): “La inferencia, la conclusión es siempre un asunto de deseo... hay que saltar un hiato antes de inferir, el hiato de ese S(A/) y su abismo... Lacan recuerda que esto se inscribe en el lugar de S(A/), que hay allí un abismo que solicita una decisión”.
¿Cómo se articularía la dimensión del inconciente saber, el trabajo de producción de saber en el análisis con ese lugar de S(A/), en el que se inscribiría la conclusión de la experiencia?
C.Cuñat: No hay tiket de salida, eso se ve muy bien en los testimonios de los AE. Ha habido todo un trabajo de elaboración y de reducción que les lleva a plantearse la salida.
Pero en último término la salida depende de una decisión ética, del coraje de pegar el salto, de enfrentar "el hiato del S(A tachado) y su abismo". Es el "Il faut y aller" del que nos hablaba Anne Lysy recientemente.
La salida no es el resultado de una deducción lógica. De la misma manera, Lacan señala que "el sentido cientificista" de Freud no le permitió reconocer que su inferencia del inconsciente era fruto de una decisión ética. El coraje de Freud está antes que la inferencia. Está el saber que se obtiene en un análisis por la vía de la repetición, pero en el momento de concluir ese saber se torna vano. El que no termina es quizás porque aun le da mucho valor a ese saber. Si el inconsciente al final deviene real es porque es pura brecha. Pero el que termina no se va de vacío; es porque ha conseguido tener una idea de su modo de gozar singular y ha consentido a ello. Al escuchar a los AE, parece que es esto lo que promueve el coraje.
3) Incidencias del final de análisis del analista en la dirección de las curas
En el curso “Cosas de Finura”, clase VII, 14 enero 2009, JAM aborda “lo que ocurre” en la experiencia analítica distinguiendo el análisis que comienza, el análisis que dura y el análisis que termina
Estas tres modalidades del análisis exigen que el analista no tenga ni la misma posición ni el mismo modo de hacer, dirá, y más adelante, alude al acto analítico como “un no retroceder ante la estructura de ficción de un psicoanálisis”. ¿Podemos pensar que este “no retroceder” encuentra su sostén en las consecuencias de haber llevado su propio análisis hasta el final, haber hecho la experiencia del inconsciente real? ¿Sostener la orientación a lo real en una cura implica que el analista se haya confrontado él mismo al hiato entre verdad y real? ¿Influye en el analista, en cómo dirige las curas, su propia terminación del análisis?
C. Cuñat: Sin duda, cómo el analista ha terminado el análisis influye en cómo dirige sus curas. Y si este ha hecho la experiencia del final cabe pensar que sabrá acompañar al analizante aún cuando el sujeto supuesto saber esté en entredicho. Pero la terminación de uno no garantiza la terminación del otro. El paso a dar para salir queda a cargo del analizante.
1. J.-A. Miller El partenaire síntoma, Pág. 367 y ss.
2. J.-A. Miller, Los usos del lapso, Pág. 110-111.
Preguntas realizadas por: Leonora Troianovsk