Mientras que el debate político está seriamente comprometido respecto a las cuestiones de procreación, recordándonos hasta qué punto las nuevas formas de devenir padres suscitan temores y pasiones, nada frena el progreso que consiste en separar el cuerpo de sus producciones para hacer un uso útil en la resolución de los problemas de infertilidad.
La ciencia permite responder a esta demanda de hijo incoercible que parece hoy en día manifestarse como uno de los más alegres síntomas de la feminidad de la que Freud había indicado en su época hasta qué punto era “normal”.
¡Tener un hijo es la vía más banal de respuesta femenina a la castración! No hay nada nuevo ahí.
Sin embargo, si en la época de Freud, el matrimonio era más o menos la solución para una mujer de pasar del padre al marido sin parpadear – las familias sabían arreglárselas para encontrar el buen partido para sus hijas – ahora, encontrar un hombre a su medida no es evidente, como si la elección amorosa, para algunas mujeres, tomara la forma de un camino tormentoso y desafortunado. Pareciera que entre más se multiplican los sitios de citas más el encuentro amoroso se sesga o falla. Ya nada es seguro en la materia y la angustia de no devenir madre se vuelve un síntoma mayor en las consultas a los ginecólogos y también a los psicoanalistas. El síntoma se dice entonces con todo lo que moviliza ese hecho, según si el acento recae del lado del fracaso de encontrar un hombre que quiera construir una familia o si se pone sobre la desesperanza de consentir vivir con un hombre bajo el pretexto de que él será el padre de sus hijos. Cierto, la idea de pasar más allá de la versión adaptada, que consiste en hacer de un hombre el falo procreador de hijos, exige un paso suplementario que algunas mujeres están dispuestas a dar.
Entonces, la ciencia llega en el momento oportuno para responder a esas interrogaciones de las mujeres y a ofrecer respuestas adaptadas a casi todas las situaciones. Las técnicas de reproducción asistida están en medida de satisfacer ese mal de hijo doloroso y obsesivo, ese deseo de hijo tan constante en nuestra sociedad donde la feminidad ha erigido la maternidad como un derecho para todas, volviéndose un para todos generalizado. Se puede ser madre prescindiendo de un hombre conservando su precioso producto: un milagro de la ciencia. El don de esperma hace esto perfectamente posible y desde ahora, accesible a todas.
El negocio de la fertilidad
Es bajo un título un tanto peyorativo, “El negocio de la fertilidad” (1) que un reciente programa de Antena 2 (2) nos inmerge en la realidad de la puesta en línea de la venta de espermatozoides congelados para mujeres en mal de hijo. Así, la cuestión de la paternidad es reducida al aporte de un espermatozoide.
Reconozcamos que los cónyuges o compañeros puedan preocuparse de que en la paternidad, si esta no se confunde con el hecho de engendrar bebés, sigue siendo una exigencia, para muchos de ellos, reconocer en el futuro bebé el resultado de su propia semilla.
Asegurarse que el hijo es el suyo es una constante en el sentimiento de reconocimiento de un padre hacia su hijo. La seguridad, la garantía de una filiación ha sido siempre un principio del proceder paterno. Sin embargo, para algunos, la paternidad no está fundada en este imperativo absoluto y para ellos la idea de ser padres de uno o varios niños que no son biológicamente los suyos, no obstaculiza el sentimiento de paternidad. El título “padrastro” en esos casos, viene a nombrar esas paternidades de construcción familiar bis y han mostrado la importancia del amor y la presencia de un padre escabel para esos hijos. No es raro escuchar en las entrevistas decir: “lo considero como mi padre”. Esta pequeña frase nos indica que ser padre excede la cuestión del reconocimiento biológico. El padre es quien da mucho más que una muestra de esperma. Es el que otorga y garantiza al niño su protección. La palabra y el lazo que teje responden al argumento de la paternidad simbólica.
La envoltura de un objeto real
Como lo expone el reportaje, en Gran Bretaña, las mujeres en carencia de hijos pueden pedir en un clic, una muestra de esperma lo que solucionará ese “mal de hijo”. Sólo necesitan encargar por internet, desde su sofá, desplegado en un catálogo que ofrece un menú con diversos ítems posibles, y recibir en casa, el objeto precioso, condensador de fertilidad. Es así que Lucy Strong, mujer, joven y guapa de 38 años, explica que reflexionó mucho tiempo antes de lanzarse en esa aventura pero que, presionada por el tiempo, no habiendo encontrado al hombre de su vida, finalmente, tomó la decisión de acudir a ese método.
Cuenta haber invitado a sus amigas a escoger la muestra de esperma. La muestra está listada según algunas características como etnia, color de ojos y de cabellos, la altura e inclusive la religión y el nivel de estudios de los donadores. Estos últimos elementos, aunque no corresponden a ningún gen conocido por el momento, forman una suerte de envoltura imaginaria, para humanizar a ese padre de gametos. En resumen, se tiene ahí a un padre en su consistencia genética que, hay que aceptarlo, es minimalista y con sólo hacer clic, llega a casa, listo para consumir. El precio de la muestra de esperma: 1100 euros. A pesar de la opinión de sus amigas, la joven mujer escogió un donador danés. Según ella, su solución ha funcionado ya que está embarazada de 6 meses: “Hice clic, lo puse en mi carrito y me lo enviaron congelado, como un libro en Amazon”
De hecho en Gran Bretaña a diferencia de Francia, la inseminación por don de esperma es legal y accesible a todos, sobre toda a las celebridades. Tienen la posibilidad de prescindir de un hombre de carne y hueso.
El reportaje muestra también al médico de la clínica que ofreció ese método a muchas mujeres que temen la infertilidad asociada a la edad. Explica tranquilamente que las mujeres (pareciera que habla de hembras en periodo de celo) tienen el comportamiento de medir en el hombre que escogen el patrimonio genético del que él es portador muy anclado en ellas.
Un genoma con patas de alguna manera. “Ellas miran el color de sus ojos, de sus cabellos, su medida”, imaginando entonces como esos caracteres físicos pueden duplicarse en sus retoños… por la vía sagrada de la herencia. Ah, si la genética se redujera a dos… como el amor que, él se basta con dos! Pero la genética es más compleja y sin conocer el color de piel, de cabello y de ojos de los padres del donador y de sus abuelos, tendrá pocas posibilidades de estar seguro del éxito total de la elección para su hijo. La genética puede procurar algunas pequeñas sorpresas… Pero hay que esperar. Ese es el mensaje de ese médico que navega por el mercado de la infertilidad sin ningún remordimiento.
La elección de la maternidad
El psicoanálisis nos enseña que ser madre se aprende del Otro. No es innato. No está programado de manera universal pese a que el deseo de hijos es la solución clásica dada al complejo de Edipo femenino y a la castración. Hasta entonces, las mujeres iban a buscar el falo con el hombre. Hoy en día ellas pueden buscarlo en un banco de esperma. Eso es lo nuevo. El reportaje indica que se puede pedir un “padre” confundiendo espermatozoide y paternidad, lo que claro está es una manera comercial de decir las cosas.
Habrá cada vez más niños cuyo padre será una bolsa de sorpresas, los hombres de sus madres haciendo de padres de sustitución. Sólo que, según Lacan, el padre no tiene derecho al respeto sino al amor (3), a condición de hacer de la mujer de su elección su objeto a, es decir, su síntoma. Entonces las cosas se complican. El padre biológico se separa de facto de ese padre simbólico, que se constituye más en su relación a una mujer que a su hijo. De cualquier manera, si lo real de la paternidad es aún un enigma que abre al niño una interrogante sobre su existencia, cuando habrá que decirle que su padre es una bolsa de esperma, será mejor prever una salida más glamurosa a ese divino detalle.
Las celebraciones alrededor del nacimiento tienen vocación de hacer funcionar un orden simbólico a la llegada y al reconocimiento del niño que acaba de nacer. Pero fallan en nombrar lo que hace hueco y no tendrá jamás una respuesta. Hoy más que nunca, los padres faltaran. Han faltado siempre y la humanidad hizo un síntoma: nombrar al padre -ese del que Freud y Lacan indicaron la función esencial en la vida de todo sujeto, sobre todo su utilidad simbólica para el primero, haciendo una función igualmente simbólica para el segundo. Cierto, su presencia física no es esencial, pero no se reduce a una muestra, habrá que ser cuidadoso, dejar abierto el debate sobre lo que es un padre hoy en día. La respuesta de Lacan viene a ayudarnos y a esclarecernos: “Se puede prescindir de él (del Nombre-del-Padre) con la condición de utilizarlo (4). Ello abre perspectivas útiles en una época en donde procrear no está sujeto al encuentro de los cuerpos.
Hacia la adopción generalizada
La cuestión es saber si el padre entra en función en tanto portador de su esperma, como la ciencia quisiera hacernos creer, o si se puede prescindir de él. Ahora, los padres pueden aligerarse de la paternidad biológica prefiriendo la paternidad de corazón. De hecho, los hombres se constituirán cada vez más como padres adoptivos de niños nacidos fuera del circuito clásico. Tendrán cada vez menos hijos genéticamente de ellos y tendrán que acostumbrarse a educar los de alguien más, alguien anónimo, por lo menos hasta que el hijo cumpla dieciocho años, edad en la que podrá saber quién es su padre biológico que le permitió nacer.
La paternidad avanza hacia una nueva era. El padre biológico será un epifenómeno, un real bruto, más cercano del residuo del que Lacan califica a la familia conyugal, inscrito en el cuerpo y fijado como un dato archivado consultable a posteriori, ahí el padre adoptivo sustituirá ese hueco dando materia a su función. Transmitirá a su hijo más que el color de piel o de ojos, lo único que será suyo y únicamente suyo es su amor, su palabra, el lazo tejido con el pasar de los años, lo que le da a la paternidad eso que Lacan ha llamado la función Nombre-del-Padre.
Ese modelo existe ya en nuestras sociedades. La diferencia es que del padre real, el padre adoptivo no podrá decir nada. Igual que para el hijo, ese padre estará forcluido. Le será difícil decirle que tienen el mismo color de ojos o de cabello aunque … en cambio, le podrá decir que tienen los mismos gustos, la misma forma de hablar, el mismo “aire de familia” ya que todo eso se teje sin que sepamos cómo. Solamente sabemos que las identificaciones nos permiten parecernos a cualquiera y más aún a quien nos dio amor y protección. La diferencia es colosal. El amor es más fuerte que la genética en materia de transmisión.
El don de esperma es absolutamente necesario para concebir un bebé pero queda indiscutiblemente sin recursos si no se acompaña de las palabras del portador del don. Lacan ha llamado eso transmisión “lo que implica la relación con un deseo que no sea anónimo” (5).
Traducción: Cinthya Estrada.
Notas:
1-http://
2-Canal de televisión francesa.
3-Lacan, Seminario XXII, RSI, lección del 21 de enero 1975 http://
4-Lacan, Seminario XXIII, El Sinthome, Paidós, Buenos Aires, 2012, p 133.
5-Lacan, Notas sobre el niño, Otros Escritos,Paidós, Buenos Aires, 2012, p 393.
Publicado en Lacan Cotidiano
