miércoles, 16 de noviembre de 2016

La “crisis de originalidad juvenil"



Por Guy Briole


La adolescencia, entre otras múltiples definiciones, es abordada con frecuencia con el término de crisis. Este es un eje interesante a considerar si entendemos una crisis como aquello que, en un momento particular, hace que lo vivido inmediato se anticipe a la representación del cambio, un cambio que en ese tiempo es más sufrido que subjetivado.

Frente al empuje puberal y sus reacomodamientos, las respuestas del adolescente pueden inquietar. Entre ellas, el ascetismo y cierta negligencia con su cuerpo, la intelectualización con interrogaciones metafísicas o, por el contrario, una inhibición intelectual con una retirada de sus intereses escolares, así como comportamientos a veces excesivos poniendo en juego la seducción. En el momento de la crisis, la resolución de las tensiones con conductas de carácter impulsivo son bastante frecuentes: fugas, violencias repentinas con rotura de objetos, gestos suicidas, delitos menores, ingesta de tóxicos, abuso de alcohol, etc. Una adolescencia silenciosa tampoco acontece sin plantear preguntas.

La crisis de originalidad juvenil

No es durante el tiempo de la crisis, por espectacular que sea, que podremos avanzar en un diagnóstico. Si bien las manifestaciones ruidosas pueden hacer temer el comienzo de una afección grave, también puede tratarse solamente de una “crisis de originalidad juvenil”.

Este concepto que no es ni psicoanalítico ni psiquiátrico, nos viene de la pedagogía.

Maurice Debesse[1], profesor de la Sorbona a medidos del siglo XX, pedagogo y psicólogo, ha titulado así un libro que escribió en 1937 acerca de los adolescentes. Tal era el estado de ánimo del autor que propuso este concepto:

“Sabemos que frecuentemente, a lo largo de la adolescencia , los jóvenes se comportan de una forma nueva y desconcertante. Ellos buscan diferenciarse y autoafirmarse, se rebelan contra su familia y sus maestros, se encierran en ocasiones en un individualismo salvaje e intransigente. De pronto, la crisis se desanuda; lo excéntrico deviene normal, lo fantasioso se somete a las disciplinas detestadas y la adolescencia cesa. […]

Es tentador y sería fácil, hacer de la crisis de originalidad un fenómeno patológico pero entonces, habría que decir que el adolescente original es a la vez un paranoico, un esquizoide, un psicasténico, etc., en pocas palabras un enfermo. Sin embargo procediendo así, no habríamos explicado nada y nos encontraríamos con el hecho indudable de que la gran mayoría de los que padecen esas crisis no entran en un psiquiátrico. Conviene entonces aferrarse a la realidad de cerca, sin dejarse llevar por asimilaciones arriesgadas.”

Decimos que la adolescencia puede ser una mezcla de problemas perversos o psicóticos, que es la edad de las rupturas, también la de la “entrada en la psicosis”. Habrá que verificarlo caso por caso, la mencionada Crisis de originalidad juvenil puede tomar ciertos acentos bizarros sin por ello tratarse de una psicosis.

Una clínica bajo transferencia

El psicoanálisis cuestiona toda clínica de la observación y de la clasificación[2]. Lo que interesa al psicoanalista es hacer un paso más para encontrar al sujeto, ceñirlo en las intrincaciones sucesivas de las clasificaciones psi, para reencontrar lo singular del caso que permite extraer la palabra del sujeto. Esta clínica es la de los detalles, de las más pequeñas matices, engarzadas en las sutilezas de un lazo particular, el de la transferencia analizante y analista.

Es en efecto en una clínica bajo transferencia que un síntoma, por extravagante que sea, adquirirá su sentido según se inscriba o no en una cadena significante.

Por ejemplo es en transferencia que se podrá leer que la discreta ironía, tal vez velada por un aire burlón tan habitual en el adolescente, se diferencia de una simple burla. De la misma forma, el carácter atípico de intereses intelectuales, artísticos, etc., que no se encuadran con un sujeto, con lo que sabemos de él, puede tomar otro acento en el contexto de un lazo a un analista.

El adolescente es también, en ocasiones, provocador y no es raro que ponga a prueba el encuadre analítico importando allí su crisis, bajo la forma de ropajes que, él, se apronta a endosar en tanto los psi, la familia, la escuela le han preparado a medida: psicópata, inmaduro, perverso, narcisista, consumista, irresponsable,… “El mito es esto: el intento de dar forma épica a lo que se opera a partir de la estructura.[3]”

“La adolescencia es también cuestión del Otro barrado, de otros que vean reavivadas, en el propio adolescente, sus propias errancias a esa misma edad y que querrían evitar a ese joven impetuoso, unas veces visto como adolescente en el que la división se acentúa y vuelve más evidente su castración, dejando aflorar un punto de real, otras como adolescente, objeto del que el adulto no pude separarse”[4].

Vista desde este ángulo, la cuestión de la crisis de la adolescencia implica las conductas de oposición necesarias para no encontrarse reducido a ser el objeto de otros, el adolescente. Esta crisis se manifiesta también por momentos de desorganización del lazo, que pueden incluir breves momentos de desenganche del Otro en los que se expresan tanto el entusiasmo paradojal, la melancolía como la extrañeza.

Retorno del exilio y camino hacia un deseo propio

El psicoanalista es aquel que puede hacer la apuesta del reencuentro con ese sujeto, así de protéiforme y preocupante, con el fin de ayudarle a elaborar su propia respuesta. Es en ese lazo particular que puede ser acogida su diferencia, su inquietante extrañeza tal vez, y que puede encontrar solución la crisis que hacía temer lo peor.

Es más, no se tratará con el psicoanálisis de hacer entrar al sujeto en el orden, de fundirlo en el ideal de armonía grupal de todos iguales, sino de ayudarlo a encontrar el camino de su propio deseo. Esta búsqueda es probablemente más difícil en nuestras sociedades donde se acentúan cada vez más los signos de la decadencia del padre. Noción que debe ser claramente separada de la renuncia a la palabra. El psicoanalista, separa figura del padre y función de la palabra.

Sucede entonces que el adolescente requiere al analista como pasador, en esa difícil transición, saturada de malentendidos, de exacerbación de la pulsión de muerte, de exaltación de la originalidad y de la imaginación, para encontrar su propio camino.

El analista puede ser el pasador de ese retorno del exilio.

Guy Briole. Miembro ELP, ECF y AMP. Barcelona. París.

Traducido por: Gabriela Medin


[1] Debesse M., La crise d’originalité juvénile, Paris, PUF, 1937.

[2] Lacan J., “Apertura de la Sección clínica”, 5 de enero 1977 – http://www.con-versiones.com.ar/nota0608.htm

[3] Lacan J., “Televisión”, Otros escritos, Buenos Aires, Paidós, 2012, p. 558 .

[4] Briole G., « adolescencia e adolescente: lo imposible del deseo”, El cuerpo hablante, adolescencia y deseo. Jornadas de Sede EBP-Salvador de Bahía, 13-14. 11. 2015.



sábado, 15 de octubre de 2016

EL LUGAR DEL NIÑO EN LA ACTUALIDAD. CUERPO Y GOCE.

CLAUDIA LIJTINSTENS


Para situar algunas características actuales de los lazos, de las modalidades de emparejarse, de hacer familia, voy a hacer referencia a algunos nuevos regímenes de satisfacción y su relación a los cuerpos.
Resulta ineludible retomar la cuestión de cómo la lógica del consumo (Brousse, 2012) rige los lazos de una manera generalizada. Estos toman las mismas valoraciones mercantilizadas de etiquetas y fechas de caducidad, de lo fácilmente descartable, de las liquidaciones o las buenas ofertas. Esto produce, por un lado, la deriva hacia un anonimato del sujeto en tanto bien de consumo generalizable; y por otro, la manipulación del desecho, lo trucho, falso o no original que se ofrece como un objeto en sí mismo devaluado, a menor costo pero muy fascinador en el plano imaginario.

La avidez desenfrenada por alcanzar estos objetos y apresar la felicidad como sostén social organiza un circuito claramente siniestro en relación al empuje a a satisfacción autoerótica, componiendo extremas soledades con los desconciertos identificatorios que estas conllevan.

Si los lazos sociales quedan liberados de las tradiciones y sueltos de todo discurso —a excepción del discurso capitalista— la moral sexual y las prácticas sexuales quedan también eximidas de la represión ancestral en el Otro. Afirmada en un polimorfismo extravagante, la sexualidad adulta se acerca cada vez más a la perversión tal como Freud (1905 [2008]) la planteó en el sentido perverso-polimorfo de la sexualidad infantil, con el agregado, por supuesto, de la dimensión del acto sexual.

En tanto el goce se ha liberado de la creencia, se ha fracturado el anudamiento del deseo y el amor, lo que se produce un estallido manifiesto al pasaje al acto.

Podemos definir a esta época como la de una “modernidad avanzada” (Berenger, 2006), en la que existe, por un lado, una tendencia a la democratización y a la liberalización de los vínculos, pero a la vez se percibe una inestabilidad y desarraigo de esos lazos.

La marcada tendencia a la individualización hace que el sujeto se vea impulsado a construir su existencia alrededor de su narcisismo y su satisfacción.

En el mismo sentido y con gran frecuencia los hijos mismos obstaculizan este proceso, o por el contrario, recae en ellos el antídoto contra la soledad.

Si antes eran las parejas las que, idealmente, programaban los nacimientos y se encargaban de trasmitir el nombre y el apellido familiar como un derecho de los niños, hoy se visualiza cómo es a partir del niño que se constituye una familia. “El niño crea la familia” (Laurent, 2010, p.21), sea cual fuese el lazo social (no necesariamente biológico) que determina esta asociación.

Las transformaciones de la familia moderna (Fleisher, 2004) pueden situarse como consecuencia directa de las transformaciones de la moral sexual, que está condicionada a su vez, no sólo por los cambios generacionales, sino también por lo las nuevas tecnologías y las formas discursivas que promueven tomar al niño como objeto de consumo o como el desecho de los lazos familiares mismos —El niño resto—.

Observamos cómo la simetría reina en estas nuevas configuraciones, y los medios de comunicación funcionan, muchas veces, más bien como medios masivos de identificación, justamente cuando los referentes familiares o los de una autoridad permanecen frágiles para decodificar sus mensajes y acercar alguna interpretación.

El niño queda, simplemente captado por la imagen, sin poder descifrar los imperativos a agruparse bajo el mismo rasgo común, bajo la misma satisfacción, sin la necesidad de pasar por el otro.

Así es como funciona la primacía de lo imaginario y lo virtual en la tendencia actual de la comunicación.

Por la inmediatez de la información, el saber que el niño construye alrededor de aquello que no tiene una sencilla representación —la sexualidad, la muerte, el devenir humano—, resulta insuficiente o excesivo para construir un sentido que organice temporalmente su decir y su lazo. Lo que permanece ausente es un referente que sirva de traducción a los asuntos de la satisfacción.

Cuando ese saber no logra servir de soporte de una ficción que permita acomodar e interpretar la realidad, irrumpen la angustia, las inhibiciones y los síntomas como arreglos inusitados e ineludibles.

EN CUANTO A LAS PAREJAS Y EL AMOR…

Las declinaciones del amor y de la sexualidad, el adormecimiento o el embelesamiento por la imagen y las pantallas, impactan en las nuevas particularidades que asume la sexualidad. Cada uno con su estandarte de goce se construye una lista de nominaciones que devienen de las prácticas de goce que se vuelve interminable. Y estas nominaciones son ofrecidas para promover más identificaciones a esa caracterización de satisfacción.

Tan interminable es esa lista como los modos de gozar, aspirando a eliminar el malentendido, la castración y dejando reducido cada sujeto al extremo del sentido común a partir de ese broche imaginario de satisfacción.

Estas modalidades de elecciones menos estándares, delinean formas novedosas de anudamiento que se vuelven compatibles con la variedad y la multiplicidad de nuestro tiempo. Nuevas formas subjetivas no ancladas del todo al Nombre del Padre (NP) ni al falo, “…donde el NP está, pero no pueden hacer uso de este instrumento…” (Laurent (1998) s/d) trayendo aparejadas neo-identidades.

Un artículo publicado en abril de 2013 en el New York Times da cuenta del fenómeno haciendo referencia a la nueva sigla que proponen los militantes universitarios por los derechos por la diversidad sexual: LGBTQIAP.

A la conocida Lesbians, Gays, Bisexual and Transexuals, agregan la “A” por Asexual, para quienes carecen de atracción sexual, la “Q” para los Questioning o confundido, la “I” de Intersexual, personas de sexo ambiguo, y la “P”, para quienes se consideran Pansexuales o poliamorosos.

Esta aspiración al reconocimiento de los derechos de quien se reconoce como homosexual, poliamoroso o andrógino, como héterocurioso o pansexual, gira en realidad, también, en torno a la cuestión de la legalización, de la normalización de las conductas. Este empuje a modos de goce segregativos, resultante del multiculturalismo contemporáneo, traduce también la fragmentación del NP.

Las identidades múltiples, simétricas, semejantes, la vecindad de goces, es lo que viene al lugar de la identificación, donde el cuerpo, el amor y la sexualidad son claramente devaluados, promoviendo semblantes fugaces, efímeros que deprecian en el mismo nivel el encuentro con el otro sexo.

En el film, Hombres, mujeres y niños (Reitman, 2014) se investiga el efecto de esta devaluación sobre las familias, los adolescentes y sus padres. Allí se muestra cómo la pornografía y las redes sociales en general son, al mismo tiempo, la evasiva y la causa de una trama de conflicto dentro de lo familiar y lo subjetivo, donde lo íntimo se vuelve público, donde los derechos y leyes entre padres e hijos están permanentemente manipulados, donde el anonimato es una protección y la felicidad un bien supremo al que es posible de arribar. Se pueden apreciar las simetrías entre padres e hijos, entre madres e hijas, las analogías de goces en las que prevalece como ordenador el ideal de esos cuerpos, los que pueden alcanzar el éxtasis de un goce desconocido.

Desligándose de las relaciones y de los lazos, los cuerpos se encuentran sin la trama discursiva que los envuelve. Cuerpos adormecidos, entumecidos, freezados o aburridos, protegidos y sumergidos en un goce autoerótico fuertemente expuestos al goce de la mirada.

Padres ocupados en sus propios goces interrumpidos, o en sus propios fracasos por la fractura silenciada entre el amor y el deseo, transforman el amparo y la protección en sinónimo de vigilancia. Producto de sus propias decepciones y desilusiones, se encargan de volverse centinelas de lo imaginario y de lo imposible de programar del encuentro siempre equívoco de los sexos.

Reclaman porque sus hijos no relatan o confiesan sus angustias cuando en realidad, no hay quién escuche ni se detenga a mirar.

Las pantallas funcionan como espejos de cuerpos excesivamente delgados, de pornografía o de videojuegos, en los que adolescentes y padres quedan atrapados en un goce virtual/visual del espejo, en una inmersión en la imagen que crea la ilusión preventiva de hacer desaparecer el propio cuerpo a partir de lograr ausentarse lo más posible del otro.

Así también, la pornografía explorada por padres e hijos se convierte en una especie “orgía de partes sin cuerpo y sin amor” (Stiglitz, 2015). Satisfacciones asociadas esencialmente a un objeto sin el entramado del entrecruzamiento entre el amor, deseo y goce. La elocuencia del film permite apreciar que, cuando el malentendido y el síntoma de la pareja parental se reducen al rechazo sexual del partenaire, el adolescente vive su iniciación sexual con el mismo rasgo de rechazo, impotencia y angustia para acceder a un goce sexual.

Inhibiciones severas, anorexias extremas, desamparo, soledades agudas, angustias y extravíos, miedos, hasta la depresión y el pasaje al acto es lo que muestran muchos jóvenes frente al mandato despiadado de un cuerpo que luzca como el trofeo ideal, ya sea el del deportista triunfador o el de la belleza extrema.

Lacan, en La tercera (1988 [1998]), habla de la angustia y se pregunta ¿a qué tenemos miedo? Y responde que tememos a nuestro cuerpo. Es el sentimiento que surge de esa sospecha que nos viene de reducirnos a nuestro propio cuerpo. Es el miedo del miedo.

Allí, cuando el sujeto queda sólo reducido a un objeto de satisfacción pulsional, la pulsión queda taponada por sus objetos y allí emerge el miedo y la angustia.

Lo vemos en la joven anoréxica más abruptamente, en los padres y sus propios desvaríos. Pero también vemos que cuando ingresa el amor en el lazo, como en el film, asoma en Tim (Ansel Elgort) la posibilidad de frenar esa tendencia del sujeto a la identificación al objeto y con ello, algo importante en la vida puede suceder. La posibilidad de restituir algo de un sentimiento de vida, luego del abandono y rechazo de la madre, y del apartar él mismo, el futbol como el significante y la vía que hasta ese momento le permitía el acceso al padre y a la vida. Hay alguien que toma el lugar de Otro, de un significante vivo, de un cuerpo y de una palabra y eso alivia.

Muchas veces el analista viene a ese lugar. A ofrecerse como un significante vivo, un cuerpo, una palabra….intentando despertar del adormecimiento, a sacar al niño o al joven de esa absorción por la imagen. Lo hace de manera discreta, acompañándolo en la lectura de esos nuevos semblantes para tratar de hacer con lo imposible, localizando una posición singular de goce en un cuerpo animado.


REFERENCIAS BIBLIOGRÁFICAS
Barthes, R. (1975 [s/d]) “Upon leaving the movie theatre” en Communications, N° 23.
Berenguer, E. (2006) “El lugar de la familia en la actualidad” en Virtualia N°15, Revista Digital De la Escuela de la Orientación
Lacaniana. Disponible en: http://virtualia.eol.org.ar/

Brousse, M.-H. (2012) Los nuevos desordenes. Nel Mexico. Disponible en: http://www.nel-mexico.org/articulos/seccion/varite/edicion/La-vida-sexual-contemporanea/558/Los-nuevos-desordenes.
Fleisher, D. (2004) Clínica de las Transformaciones Familiares. Buenos Aires: Grama.
Freud, S. (1905 [2008]) “Tres ensayos sobre teoría sexual” en Obras Completas. Volumen VII. Buenos Aires: Amorrortu.
Lacan, J. (1988 [1998]) “La tercera” en Intervenciones y textos 2. Buenos Aires: Manantial.
Laurent, E. (1998) “El goce Toxicómano” en Sujeto Goce y Modernidad. Buenos Aires: Atuel..
Laurent, E. (2010) ”Es el niño el que hace la familia” en El psicoanálisis con niños 3. Tramar lo singular. Buenos Aires: Grama.
Stigliz, G. (2015): “Entrevista Express” previa al XI Seminario Internacional del CIEC Como vivimos hoy. Nuevos Goces: el cuerpo y la aversión por el lenguaje en el siglo XXI. Disponible en: http://www.cieccordoba.com.ar/ensenanzas/seminario-internacional/seminario-internacional-2015/65-ensenianzas/seminario-internacional/seminario-internacional-2015/157-video.

miércoles, 12 de octubre de 2016

Lo virtual y lo real, ¿seguirán siendo diferentes?

Gustavo Dessal1

(Madrid, España)


Una imagen vale más que mil palabras. La frase - no hay acuerdo sobre quién la dijo, o si se trata de un proverbio - es un tópico perfectamente discutible, y posiblemente falaz. Es verdad que algunas imágenes - no todas - poseen una potencia significativa capaz de condensar un discurso. Fue así como Freud logró descifrar el enigma de los sueños: demostrando que las imágenes oníricas constituyen un tratamiento formal de las palabras, una estructura análoga a la del jeroglífico. De allí que la imagen pueda descomponerse, fragmentarse, dispersarse mediante las palabras, tal como ocurre cuando el sátiro del sueño de Alejandro es atrapado por la red interpretadora de Artemidoro: la imagen desaparece, y en su lugar emergen los significantes (Sa Tyros: Tiro es tuya) que deciden la batalla. Por lo tanto, el mecanismo puede invertirse, y las palabras logran convertirse en imágenes. El inconsciente hace eso (Freud lo llamó "consideración de la representabilidad") y también puede lograrlo el talento creador de quienes fabrican un decir con las imágenes.

En los últimos años, diversos especialistas en mercadotecnia, publicidad y ciencias de la comunicación han verificado que un individuo en los Estados Unidos percibe - de forma consciente o subliminal - un promedio de 5000 imágenes publicitarias por día. Muchos estudios han demostrado que el efecto de saturación va en aumento, debido al factor multiplicador de las tecnologías en red. A partir de determinado umbral perceptivo, el sujeto es incapaz de retener la información, de allí que el 90% de la energía publicitaria se pierde. Eso supone un reto, un desafío por crear mensajes que "sobresalgan" del flujo medio, pero la tendencia a la saturación acaba por reabsorberlos. La intoxicación de las imágenes publicitarias comienza a forzar un cambio de paradigma en este terreno, y aunque de momento su emergencia es discreta, se presenta como un nuevo modo de promover el consumo de determinado producto.

Muy sucintamente, el capitalismo moderno ha empleado tres modelos de venta sucesivos. En una primera época, el acento se ponía en las bondades del producto mismo. El objeto era el hipocentro del mensaje, y la reproducción de su imagen constituía el foco principal del dispositivo publicitario. Más tarde, la imagen adquirió un valor significante mediante lo que podríamos denominar una "absorción metafórica" del objeto a través de la marca. La marca, imagen significantizada del objeto, pasa a ser el eje alrededor del cual gira la dinámica del mensaje. La marca se vuelve metáfora del objeto, se convierte ella misma en el objeto a poseer, al punto de que el producto debe mostrarla de forma ostensible, y no simplemente mediante la etiqueta en el revés de una prenda. Como un subcapítulo, o quizás un perfeccionamiento de este método, debemos destacar la "literalización" del objeto. "CK", "D&G" y "DK" son letras convertidas en imágenes, que a su vez "transportan" la presencia del objeto. La significación libidinal del objeto queda cifrada en esta imaginarización de la letra, y esa técnica ha dado excelentes resultados durante décadas. No obstante, y al igual que cualquier otro procedimiento que requiera del sentido gozado del sujeto como pieza clave, su vida no es eterna, y en los últimos años la eficacia de la marca comienza a mostrar signos de desgaste. ¿Cómo hacerle frente? Eso es algo que ya incumbe a una nueva forma de capitalismo, que algunos denominan emocional. El capitalismo que asume de forma decidida una nueva metodología. Para seducir, es necesario conocer mejor los mecanismos subjetivos. La idea de "imponer" un objeto forzando el imaginario social o colectivo es cosa del pasado, así como querer convencer al usuario sobre la necesidad de adquirir determinado producto. Ahora es decisivo trabajar con dos variables fundamentales: el deseo y el goce. No es preciso que los publicistas y creadores de imagen lean a Lacan. Muchos lo hacen, muchos se analizan, pero otros llegan por distintos medios a "captar" esos conceptos, aunque no los nombren de la misma manera, ni posean una teoría consistente sobre ellos. Lo importante es que saben cómo emplearlos, cómo adaptar el mensaje a esos resortes inconscientes para ponerlos al servicio del mercado. Así es como aparece una tercera etapa, la del "storytelling", que consiste en presentar el objeto en el interior de un desarrollo narrativo. La publicidad se vuelve de este modo un microrelato, con el cual se puede vender desde un yogur hasta una guerra. La imagen debe "tocar" el fantasma, tal como Freud lo explica en su breve texto "Personajes psicopáticos en el teatro", es decir, el núcleo de la identificación.

El problema de la saturación consiguió de este modo un cierto alivio, pero nuevamente pasajero. El crecimiento a gran escala de la narratividad comercial también desemboca en una intoxicación del deseo. Eso no significa, desde luego, que la publicidad haya perdido por completo su efecto, pero se produce una desproporción cada vez mayor entre la multiplicación exponencial de los productos y las capacidades estratégicas y tácticas para convertirlos en objetos a. Por lo tanto, y aunque el cambio de paradigma sea aún incipiente, comenzamos a ver una nueva e ingeniosa fórmula, que apela esta vez no directamente al plus de gozar sino al vacío donde la estructura lo sitúa.



Dicha fórmula utiliza diversos recursos imaginarios, del que podemos extraer los dos que comienzan a difundirse, y que se focalizan en internet, en la medida que el espacio virtual va transformándose paulatinamente en el lugar donde todo sucede. Por una parte, grandes multinacionales han creado páginas webs destinadas a "hablarle" al consumidor. En dichas páginas no se menciona en ningún momento el producto que está en juego. La firmaLoreal, por ejemplo, se dirige a las mujeres para hacerlas depositarias de un sinnúmero de secretos sobre belleza, sin mostrar sus preciados y costosos objetos de venta. Por su parte, Kelloggs nos abre a un mundo infinito de conocimientos sobre la salud y el cuerpo, sin amenazarnos con cuencos rebosantes de cereales.


El otro método consiste en emplear los mismos elementos narrativos del storytelling, pero omitiendo también el producto. Pequeños videoclips se convierten así en auténticas obras de arte, que narran una historia con fuerte impacto emocional. Una marca de zumos de frutas ha creado una serie, que las mujeres siguen con la misma avidez que ven las series americanas, sin que la secuencia de imágenes revele el objeto. La historia se despliega con asombrosa maestría, a fin de que logre contornear el vacío pulsional, dejando vacante el lugar del objeto, el cual,  "en ausencia y sin efigie", no obstante es evocado.

Jonathan Cary, uno de los más lúcidos estudiosos del reino de la imagen, observa en su libro Las técnicas del observador (Murcia, Cendeac, 2008): "Las tecnologías emergentes de producción de la imagen se están convirtiendo en los mo­delos dominantes de visualización de acuerdo con los cuales funcionan los principales procesos sociales y las instituciones. Y, naturalmente, se entrecruzan con las necesidades de las industrias de la información global y con los requerimientos en expansión de las jerarquías médicas, militares y policiales. La mayor parte de las funciones históricamente importantes del ojo humano están siendo suplantadas por prácticas en las que las imágenes visuales ya no remiten en absoluto a la posición del observador en un mundo «real», percibido ópti­camente. Si puede decirse que estas imágenes remiten a algo, es a millones de bits de datos matemáticos electrónicos. La visualidad se situará, cada vez más, en un terreno cibernético y electromagnético en el que los elementos visuales abstractos y los lingüísticos coinciden y son consumidos, puestos en circulación e intercambiados globalmente".

El ojo humano coexiste cada vez más con el ojo cibernético, y aunque no conviene apresurarse con predicciones futuristas, lo cierto es que el sujeto se transforma poco a poco en elemento meramente intermediario entre una racionalidad técnica y redes sociales de información y comunicación. Una nueva mirada va colonizando la experiencia humana. Habremos de ver qué síntomas resultan de esta progresiva mutación.
                                                                                               

1 Psicoanalista y escritor. AME de la Escuela Lacaniana de Psicoanálisis y de la AMP. Docente del Instituto del Campo Freudiano en España. Como autor de ficción escribió varios libros de relatos y novelas.

miércoles, 5 de octubre de 2016

El niño y el deseo de la madre.Por Verónica Lagamma



Por Verónica Lagamma*

En este libro “El niño y el deseo de la madre” se van a encontrar con la lectura del primer Lacan, lo que Lacan nos aporta de este deseo en sus comienzos, pero también avanzo bordeando el deseo de la madre con los aportes de la última enseñanza de Lacan. El deseo de la madre no es un deseo indivisible, tiene diferentes maneras de presentarse. En efecto a medida que escribía este libro el deseo de la madre se abría y se presentaba para desarrollarlo largamente. Para bordear el deseo de la madre me apoyé estrictamente en la lectura de Lacan pero también la singularidad de mi escritura está en relación a mi experiencia clínica.
Para empezar recordemos que Freud proponía en “Introducción al Narcisismo” al niño como His Majesty the Baby. El niño ocupaba el lugar del yo ideal perdido por el adulto.  Lugar de objeto de deseo de los padres. La propuesta freudiana nos invita a elucubrar su lado opuesto. Niños rechazados, forcluidos, niños cuyo nacimiento ha sido insoportable para sus padres. Podría decir que se trata de la imposibilidad de parte de los padres de admitir a un niño en el nido del deseo. Es necesario ubicar que si bien todo niño tiene un lugar como objeto, este objeto en el mejor de los casos va a estar recubierto por lo fálico. Cuando los padres no llegan a abrigar al niño con la cobija fálica, el niño retorna como objeto real. En efecto, en las subjetividades de esta época- subjetividades gobernadas por el discurso capitalista- el niño se encuentra ubicado bajo la rúbrica del objeto. Desde aquí, podemos pensar como se presenta hoy el deseo de hijo. Hoy el niño es también producto de la ciencia, está ubicado como mercancía que se puede comprar, y obtener por los logros científicos.

En nuestros tiempos, el deseo de un hijo recubre un querer gozar particular.  Facilitando la caída del niño falo. Y es precisamente en los avatares de la llegada de un niño donde el deseo puede soltarse o puede inflarse implicando al niño en su subjetivad. No hay un destino fijo, Lacan nos dice hay variables. Un niño muy deseado también puede presentar luego mayores dificultades. Cabe señalar que es en un análisis donde se vislumbra el lugar que el sujeto ha tenido en el deseo del Otro, deseo contingente y heterogéneo.

En esta dirección, desde la perspectiva del deseo de los padres, deseo que nos reviste al nacer, Lacan nos advierte diciendo que ese revestimiento del deseo está perdido. Hubo un deseo que nos trajo al mundo, que nos hizo nacer pero después se abortó. Quedó perdido. Es la cobija fálica perdida, esa esperanza de ser el falo para el Otro lo que se pierde. Y es en este marco que el sujeto se confrontará con el agujero de la promesa, que lo enviará a iniciar el trayecto de la  pregunta por su deseo, deseo del lado del sujeto.

Para adentrándonos en el deseo de la madre, es necesario situar que una mujer está entre el goce fálico y el más allá de lo fálico (goce femenino). El goce femenino, goce no-todo es un goce silencioso, ilimitado. Que puede presentarse de un modo sombrío, pero no siempre es así, ya que también puede estar anudado al deseo de un hombre.  El modo de goce de una mujer va a depender de cómo mantenga este desdoblamiento. Dicho esto, podemos ubicar que el goce femenino puede conducir a la ausencia de la madre, es decir volverla ausente. La diferencia va a estar si esa sumisión al goce ausencia irrumpe íntegramente, o cómo esta ausencia va a estar articulada más del lado de la simbolización fálica. Conviene aclarar que si bien una mujer encuentra el tapón de su No-toda con el niño- lo que le dará un ser de madre-, no por eso la sensibilidad del goce femenino en una madre quedará suprimida.

Un niño puede caer en este lugar S(A/) [1].  Es decir,  alojarse en el goce femenino ilimitado. El goce femenino puede derramase sobre el niño. Lo ilimitado del goce, su intensidad puede trasladarse al niño. Cuando no se produce la articulación entre el deseo de la madre y el Nombre del Padre, el deseo de la madre queda articulado a este goce sin medida. Además hay que añadir que esta operación, la del padre, siempre es fallida, dejando difundir cierto goce del deseo materno.

Teniendo esto en consideración, podemos empezar a percibir que el deseo de la madre por más que esté anclado con la ternura de una madre va a conectar con el modo de goce de una mujer. Precisemos que este deseo es un deseo distinto a otros,  es un deseo que se produce en la ligazón con el niño, causando estragos. El estrago de este deseo proviene de un goce sin medida, ilimitado. En efecto, este deseo es imposible de soportar tal cual, así lo explica Lacan en el Seminario 17 cuando utiliza la metáfora de la boca de cocodrilo abierta. Detrás del deseo de la madre hay una mujer, una mujer con su goce. Siempre oímos decir que la madre no borre a la mujer. Diría en contraposición que una mujer puede borrar a la madre originando actos de Verdadera mujer.  Es decir hay que diferenciar entre una mujer que admite su lugar femenino en relación a un hombre (contenida en lo fálico) a los  actos de una Verdadera mujer, como por ejemplo Medea. Medea es un personaje de la mitología griega que mata a sus hijos. Este acto de derramar su goce ilimitado sobre sus niños puede interpretarse como el triunfo de las pasiones más peligrosas que puede esconder el deseo de una madre. Por supuesto que el ejemplo de Medea es un caso extremo. Eric Laurent nos dice que lo que anuda a la madre con el hijo no está sola­mente del lado del bien, no se puede enmascarar simple­mente con un “suficientemente buena”. En mi libro tengo varios casos clínicos donde se puede localizar esa articulación entre el límite y lo ilimitado del niño y su madre. Estos casos nos aportan la intensidad del goce femenino que puede trasladarse al niño.

Es importante considerar que cada mujer se sitúa frente a la maternidad por caminos distintos. Marcados por el deseo, por el rechazo, por la ausencia, o el amor. Cada mujer tendrá un modo singular de hacer con el desdoblamiento de su goce. El niño no será indiferente a este desdoblamiento del goce de una mujer. Tal es así que dependerá de cómo produzca- una mujer- este desdoblamiento de su goce lo que originará o no estrago en el niño. El niño tendrá que saber arreglárselas con este goce, goce que no está regulado por el falo.

Es Lacan quien nos dice que no nos resulta indiferente el deseo de la madre, por lo tanto este es un deseo del cual vamos a interrogarnos tanto de niño como de adulto. Es un deseo que deja rastros, imposible de nombrar comple­tamente. Y digamos algo más, este deseo conecta con lo real en tanto es imposible de soportar, en tanto allí nos encontramos con lo real de lo femenino. El niño intentará atrapar lo real del deseo de la madre, lo simbolizará en las ficciones de sus juegos. Es en sus juegos que algo de este deseo podrá ser atrapado, nombrado. El niño al llegar a preguntarse por el deseo de la madre hará caer este deseo, que él no puede sostener porque responde a lo más íntimo de una mujer entrela­zada en una madre.

El principio que sostengo en mi libro es que la sensibilidad femenina sobre la madre va a determinar diferentes posturas maternas. Posturas maternas porque no hay sola una. Con esto digo que el deseo de la madre tiene más de un modo de presentarse. Habitando de una  manera singular en cada mujer.

Publicado en Página/12.
Nota
1- S(A/) Designa el goce de la mujer.

Psicoanalista*

sábado, 17 de septiembre de 2016

ESTÉTICAS DE CONSUMO Shame: adicción al sexo, imágenes y femineidad.


Por Nicolás Bousoño*



El film Shame – estreno británico del 2011, dirigido por Steve McQueen y protagonizado por Michael Fassbender - nos brinda una excelente ocasión para captar algunos efectos de la época en la vida del hombre moderno.

La película muestra la existencia de Brandon Sullivan, un hombre en sus 30 años, residente en Nueva York, que pasa su tiempo entre un trabajo anodino y la búsqueda compulsiva de acción sexual de lo más variada. La aparición de su hermana conmueve su precario equilibrio y permite captar algunos de los bordes que puede producir lo femenino en tiempos de la feminización del mundo.

No es una película placentera; de una realización cuidada al detalle, impacta, incomoda; su particular estilo narrativo nos hace testigos de la vida desvergonzada y vergonzosa de sus protagonistas. Muestra, de una manera ejemplar, lo que Lacan ubica en su Seminario El reverso del psicoanálisis2una vida sin vergüenza deja a la vida misma como vergüenza que tragarse; y nuestra época, la hipermodernidad, la Sociedad del espectáculo, permite que las cosas se deslicen fácilmente hacia allí.

Es lo que la película nos deja ver, una de las facetas más crudas de nuestra cultura. Muestra lo que podría considerarse una historia pequeña.
Un tipo común, habitante de la gran metrópolis, sin raíces, al que le cuesta levantarse, que desayuna siempre lo mismo, toma el subterráneo siempre a la misma hora y viaja siempre con la misma gente.

Y lo muestra en lo que puede ser el estrago contemporáneo, la bancarrota subjetiva, muerto en vida en su rutina, (aunque más que rutina habría que decir continuidad), sólo, abandonado a sus propios impulsos, tratando de extraer algo de vida de allí, de lo más inmediato, de su cuerpo, en una búsqueda de satisfacción permanente y permanentemente fallida.

La película es ejemplar en ese punto, si el superyó freudiano, resto del conflicto edípico, ponía en primer plano la culpa; el superyó contemporáneo, el de la época en que los ideales dejan de estar en conflicto con la pulsión, empuja a buscar una satisfacción ilimitada, que encuentra su término en la muerte misma.

La película nos brinda un tour por los distintos medios de los que puede valerse el superyó en el siglo 21. Sustancias - bebidas energizantes, alcohol, cocaína -, gadgets -teléfonos, pantallas varias -, distintas prostitutas, sostienen a Brandon; hacen uno con él y le sirven para defenderse de toda alteridad posible, para rechazar esa Otra dimensión las veces que podría tener lugar en él. No hacen más que confirmar la agudeza de Freud al situar a la masturbación como la adicción primordial, adicción que brinda una certeza al sujeto sobre el fondo de una angustia que se le hace intolerable. A ello apela Brandon cada vez que se ve confrontado con la más mínima experiencia de división subjetiva, ante cualquier vacilación, se agarra de ahí, podríamos decir, para sostenerse.

Lo que puede ser un hombre actual, al que J.-A. Miller ha llamado "un hombre sin atributos"3, su existencia reducida a una cifra, sin una dimensión significante en la que realizarse. Entonces, feminización porque está en juego la lógica del no-todo, pero un no-todo que deja a cada uno empujado a una búsqueda de más de lo mismo, cada uno en lo suyo. Es por eso que E. Laurent denomina a la feminización del mundo, "Superyoización" 4.
Es claro que ese funcionamiento mortífero, en continuidad, no es lo femenino. Si bien la alteridad que implica lo femenino puede resultar superyoica para un hombre, se trata de otra cosa.

¿Y dónde está lo femenino en la película? En los bordes. Es lo que queda en las orillas de la existencia de Brandon. Su horror ante lo femenino es el horror de la contemporaneidad misma, su rechazo encarna el rechazo del discurso capitalista por la castración, por las cosas del amor, y en ese mismo punto tampoco puede posicionarse como hombre, quedando librado a una vida vergonzante.

Al mismo tiempo que la película expone esas facetas de nuestra cultura, también muestra el poder de lo femenino, lo que puede tener de profundamente humanizante -y a veces trágico- que esa alteridad tome la forma de pregunta por el deseo.

La película nos muestra distintas figuras de las mujeres de hoy, no en todas hay algo de lo femenino, claro. Brandon se mueve con mucha comodidad en el mundo de las imágenes, maneja los señuelos de una manera muy hábil. Bien parecido y observador, en ese terreno se centran sus relaciones y sus poderes. Mientras se trate de marketing, mientras esté en juego el fetichismo de la mercancía, su éxito es rotundo. Cuando las mujeres se presentan puramente como desechos o como sus semejantes (como en la escena del bar con la mujer de traje) la cosa funciona.
Es diferente en la escena en la que cruzan miradas en el subte con una joven, vemos allí un anticipo de lo mal que se lleva con la dimensión enigmática, huidiza, fugaz que puede tener lo femenino.

Pero son su hermana y su compañera de trabajo las que muestran con más nitidez las figuras de lo femenino en el mundo de Brandon, y cuando entran en juego, producen síntomas.

Ambas hablan y le piden que escuche, le piden cobijo, le piden detalles; le piden amor; pretenden Otra cosa de él, lo que abre el interrogante por el deseo y lo involucra en los problemas de la vida.

Su hermana -quien se presenta como una voz que insiste, enigmática, en el contestador telefónico, rechazada con fastidio por él- figura (parafraseando a Lacan) la beldad que esta vez es quien golpea los postigos esperando que le abran. Lo femenino se presenta haciendo borde, como una demanda loca que insiste en el contestador. Es en esa relación con la demanda de esa mujer extraviada, estragada, que puede situarse el inicio de un recorrido subjetivo de Brandon.

Es ella quien obtiene algunos gestos de amor de él, convocándolo a un lugar que le resulta enigmático. El "somos familia" dicho por su hermana provoca el "¿Qué quieres de mi?", cuya respuesta por parte del propio Brandon, pone su vida en otro plano. Introduce algo de dignidad en ella. En su vida y en su hermana.

Es allí que él se desprende de sus gadgets, va a buscar amorosamente a su compañera de trabajo, produciéndose el síntoma de la impotencia en el encuentro sexual con ella, la mostración posterior con la prostituta y el desenlace. No voy a hablar del final, por los que no la vieron.
Más que la secuencia dramática de la película me interesa destacar allí una lógica que es pertinente para nuestro trabajo como analistas. ¿Cómo responder a los síntomas actuales? Estando atentos, disponibles; el lugar del analista es un lugar más bien femenino, nos recuerda M. Bassosls 5, ¿Cómo poner en función su faceta humanizante? Es la pregunta que se actualiza en cada encuentro.

1 Psicoanalista, Miembro de la Escuela de la Orientación Lacaniana y de la Asociación Mundial de Psicoanálisis.
2 Lacan, J. El Seminario, libro 17, El reverso del psicoanálisis. Paidós, Bs. As.
3 Miller, J.-A. "La era del hombre sin atributos", en Virtualia 15, revista digital de la EOL.
4 Laurent, E. Intervención oral en el Simposio internacional "Lo que Lacan sabía sobre las mujeres", Miami, U.S.A. 2013.
5 Bassols, M. "Entrevista", en Newsletter nro. 12 de las XXIII Jornadas anuales de la EOL.

viernes, 9 de septiembre de 2016

La virilidad en crisis



Oscar Zack
Oscar Zack

La época empuja para alcanzar un goce sin medida poniendo de relevancia la función imperativa del superyó que ordena gozar promoviendo un espectáculo exhibicionista.

Así se propone entronizar al yo como un amo que detenta el saber de cómo adherir a una supuesta manera universal de la manera de gozar.

Poder del mercado, pseudociencias y globalización mediática confluye en este propósito.

La ilusión que se pretende transmitir es que los sujetos que consientan a estas coordenadas se irán acercando al cenit de un goce ilimitado.

Con el declive y la caída del Nombre del Padre se va generando las condiciones para la irrupción de lo real de un goce indialectizable. Así se va abriendo paso a nuevas formas de la subjetividad, y por añadidura a nuevas formas de expresión de la diferencia sexual.

Nuevas identidades sexuales se van configurando que cuestionan, al menos fenoménicamente, la clásica división entre hombres y mujeres, razón por la cual se va diluyendo el límite que los separaba, empero lo que permanece inalterable es la partición sexual que se desprende de las formulas de la sexuación de tal forma que sexuación y género pueden no coincidir.

Una Figura de la virilidad:

¡Ya no quedan hombres! Gritan con cierto tono de resignación algunas analizantes mujeres, grito que denuncia a los hombres, que eluden, resisten –incluso hasta rechazan- todo aquello que los concierna para asumir la responsabilidad de partenaires estables, sostén de la familia y –por supuesto- padres. Ese grito que resuena en la privacidad del consultorio no es otra cosa que uno de los efectos de “una declinación social de la Imago paterna” (1).

Este fenómeno ha producido un desorden en la tradición que enmarcaba el lazo entre los sexos.

En los tiempos del reinado del Nombre – del – Padre, las diferencias estaban claramente delimitadas y las fronteras que separaban las distintas identificaciones y los distintos semblantes que portaban hombres y mujeres se hacían notar con fuerza.

También se podía saber y distinguir cuál era un hombre viril y cuál no.

Sabemos que las posiciones sexuales se sostienen en la función de nudo que adquiere el “complejo de castración inconsciente” a partir del cual el sujeto podrá, o no, identificarse con el tipo ideal de su sexo y de esta forma responder de manera adecuada a las vicisitudes de su partenaire en la relación sexual e incluso acoger con justeza a las del niño que es eventualmente es procreado en ellas. (2).

¿Cuál es para el hombre, el tipo ideal de su sexo en los tiempos de la hipermodernidad? ¿Cómo pensar en los tiempos actuales el estatuto de la virilidad cuando el lazo entre hombres y mujeres ha padecido tantas transformaciones?

J.-A. Miller (3) presenta a partir de un texto de Alexandre Kojève (4) como el declive viril e incluso su desaparición en el mundo contemporáneo, es impensable sin considerar el declive del padre. Esta afirmación encuentra sus raíces en El Seminario IV al comentar las vicisitudes en la sexuación del pequeño Hans. Allí se sostiene la no- complementariedad entre la elección de objeto heterosexual y la virilidad de tal forma “que el sujeto se mantiene en una cierta posición de pasividad desde el punto de vista sexual. Hay legalidad heterosexual, por el objeto al cual se liga, a saber, el objeto femenino. Sin embargo la legitimidad de esa elección es dudosa”. Hay una disyunción entre legalidad y legitimidad. “Hans está en conformidad con el orden establecido puesto que como niño se interesa por las niñas y, seguramente, continuará en esa vía a lo largo de su vida. Sin embargo, no parece ocupar esta posición de una manera que, a los ojos de Lacan, sea viril –la ocupa de forma pasiva” (5).

¿Qué transmite el texto de Kojève? Que nos encontramos “en un mundo que es nuevo porque está completa y definitivamente privado de hombres”. Un mundo que difiere del todo de aquel de antaño, donde se distinguía a los hombres viriles, ya que prácticamente lo único que usaban eran “pantalones de franela”. El filósofo nos relata, con cierta humillación viril, que ya en los comienzos 1950 los hombres fueron adquiriendo una cierta inclinación, anteriormente femenina, que es la de ofrecerse a la mirada ya sea desnudos –pero con los cuerpos trabajados y musculosos- o en deshabillé. Nos recuerda también (ahora con viril orgullo) que en otras épocas la desnudez estaba reservada a las jóvenes mujeres, y que en otros tiempos no era cosa fácil desvestir a los hombres viriles. “Se necesitaban cuatro o cinco para sacar a un brillante caballero de su luminosa armadura, y más recientemente la ayuda de un vigoroso muchacho para extraer tal militar ilustre de sus finas botas lustradas” (6).

Al final del texto, no sin un dejo de nostalgia e ironía, el autor nos confronta con que, luego de aceptar forzadamente la existencia de chicas normales que se comporten como verdaderas mujeres, se pregunta ¿encontrarán acaso los verdaderos hombres que necesitarían, en un mundo donde la potencia del macho ha sido puesta en la actividad pacifica y laboriosa (aunque debidamente motorizada) de un esposo fecundo?

Saludemos esta novedad no sin “una cierta sonrisa” (7) resignada: El hombre viril se va extinguiendo. En su lugar encontramos su metamorfosis, a saber: el esposo fecundo.

Esta irónica figura se constituye en un ideal de padre para la familia moderna. El daño hecho a la función paterna es lo que explica el sentimiento de desaparición de lo viril” (8).

Así se abren las puertas a la cultura unisex, que pretenderá socavar que a que la mujer asuma lo femenino reconociéndose como tal y que el hombre asuma el tipo viril. Estamos en los umbrales de la feminización del mundo contemporáneo.

Los nuevos ideales.

Los efectos de la hipermodernidad produjo, a partir de los años 90, una nueva figura que asoma como un ideal para el sexo masculino: el metrosexual.

En el año 1994 el escritor británico llamado Mark Simpson introduce ese nuevo significante al analizar los efectos del consumismo en la identidad masculina. El nuevo hombre del siglo XXI es un sujeto muy interesado en su imagen y víctima fácil de la publicidad.

Su prototipo es un joven con mucho dinero que vive en las grandes metrópolis (de allí su denominación), donde se encuentran las tiendas de marcas, los clubes, los gimnasios, las importantes peluquerías, gusta vestirse con ropa de marca y vistosa, suele pintarse las uñas, usa cremas para mantener el cuidado de su piel y no duda en teñirse el pelo. Puede ser gay, heterosexual o bisexual. Lo característico es que se toma a sí mismo como objeto de amor fascinado por la pulsión escópica. ¡Ha nacido un nuevo Narciso! Partenaire ideal en un mundo voyeurista.

Se distingue no por su inclinación sexual sino por desarrollar un estilo de vida que privilegia el cuidado su imagen.

Su forma de goce está condicionada por estas coordenadas.

Hoy se ofrece, como modelo identificatorio a los sujetos masculinos, que privilegien ser el falo antes que tenerlo, con las consecuencias de una feminización acorde a los efectos del discurso capitalista.

Así toma cuerpo una de las ofertas del mercado: todos feminizados.

Frente a esto el psicoanálisis debe “estar a la altura de la subjetividad de la época” no para ser el sostén de la tradición sino para ser su síntoma. Sostener su discurso que no comulga con los ideales de la época.

“El psicoanalista, entonces, no se recluta entre quienes se entregan por entero a las fluctuaciones de la moda en materia psicosexual” (10), como así tampoco se recluta entre los nostálgicos del padre.

La apuesta es otra: abrevar en la tradición para articularse a lo nuevo, para poder así inventar una práctica analítica acorde a los tiempos actuales, tiempos donde el ideal viril fue reemplazado por el cuerpo musculoso presentificando una crisis que vectoriza un recorrido que va desde antiguas coordenadas certeras a las actuales, colmadas de incertidumbres.

Referencias Bibliográficas:

1-Lacan, J., La Familia, Homo Sapiens, 1977, Argentina, pág.112
2-Lacan, J., “La significación del falo”, en Escritos 2, Siglo XXI, Argentina, 2003, pág.665
3-Miller, J.-A., “Buenos Días Sabiduría”, en Colofón N° 14, 1996, Madrid, pág. 34-41
4-Kojève, A., “F. Sagan: El Ultimo Mundo Nuevo”, en Descartes N° 14, Anáfora, Argentina, 1995, pág.124-129
5Miller, J.-A., Ibídem
6-Kojève, A., Ibídem
7-Títulos de las novelas de F. Sagan que comenta A. Kojève en el artículo citado
8-Miller, J.-A., Ibídem
9-Lacan, J., El Seminario, Libro V, “Las Formaciones del Inconsciente”, Paidós, Buenos Aires- Barcelona, 1999, pág. 170
10-Lacan, J., El Seminario, Libro IV, “Las Relaciones de Objeto”, Paidós, Barcelona–Buenos Aires, 1994, pág. 421

jueves, 8 de septiembre de 2016

Salidas y soluciones de la adolescencia.Por Verónica Lagamma

Por Verónica Lagamma



Podemos comenzar diciendo que la pubertad marca el inicio de la adolescencia. La pubertad introduce una metamorfosis, tal como lo trabaja Freud en “Tres ensayos sobre la teoría sexual” y es aludida por Lacan en términos de despertar. Sabemos que la adolescencia es una etapa frágil donde hay un peligro de contornearse hacía lo peor. Este  momento acarrea un viraje importante, donde lo que está en juego es la elección de una posición subjetiva, que implica un modo de gozar y también un modo de desear. Los modos y los medios que los adolescentes utilizan para poder cernir esta posición son heterogéneos.  Una de las particularidades que marca este tiempo es el de la búsqueda a veces silenciosa y otras no tanto de nuevos nudos para crear ciertos anclajes.  Es decir que el adolescente se verá en la búsqueda de anudar de un modo novedoso aquello que ya no responde al continente de la infancia. Es por eso que podemos pensar este momento como de un cierto desamparo subjetivo. El Otro, no se le presenta como alguien al cual podría dirigirse. Esa apuesta al Otro como apoyo de un ideal, de un saber queda abolida. Es decir, este Otro se le presenta como alguien que no puede aportarle una solución. Y esto es lo que muchas veces escuchamos decir del adolescente, que no cuenta lo que le pasa, que está encerrado o refugiado en algún goce indecible.
La clínica con adolescentes nos enseña que las soluciones que ellos recurrían en la infancia no son ya resolutivas en el despertar de la pubertad. Algo viene hacer sombra en el cuadro de la infancia. Es así que se les presentan nuevos problemas que fuerzan a nuevas soluciones. Llegando en muchos casos al desencadenamiento del síntoma en su vertiente más sufriente. La entrada en la adolescencia va a implicar hallar una salida. La dificultad que hoy encontramos es que la adolescencia se alarga y no sabemos cuándo se sale de ella.  La adolescencia se hace eterna cuando no se halla una posible salida. Hoy podemos recibir en nuestros consultorios sujetos que cronológicamente no estarían en la adolescencia, y sin embargo constatamos una indeterminación en sus elecciones, en sus decisiones. La elección de una carrera, una profesión o algún interés que pueda emerger del sujeto queda suspendida, dejando al sujeto en un estado de divagación.
 Cabe entonces preguntarnos qué decimos cuando hablamos de salidas de la adolescencia. Y de qué manera un adolescente puede salir. En primer lugar no hay única salida, sino que vamos a pensar en múltiples salidas, haciendo hincapié en la singularidad de cada sujeto. Desde esta perspectiva es que pienso que las salidas que el adolescente intenta encontrar van a estar en relación a las diferentes soluciones que cada adolescente puede inventar en el transcurso de un análisis.

El encuentro con un analista puede posibilitar a un adolescente que ponga en palabras sus sufrimientos, sus afectos. Es hablando que el sujeto adolescente puede hilar de otra manera las piezas que constituyen  su vivir y decir de la novedad que se introduce en este despertar. Despertar que lo convoca a un imposible de decir. Es un imposible de decir sobre temas que estaban amparados en la infancia. Muerte y sexualidad llevan las marcas de un imposible de decir. Y sobre todo es la confrontación con lo imposible de saber sobre el sexo.
Hoy los sufrimientos de los adolescentes están marcados por la época del discurso capitalista, donde la exigencia de gozar es más fuerte que aquella que conlleva a un ideal. La idea de Lacan es que, antes de esta época capitalista, los sujetos podrían encontrar a partir de los padres un cierto número de ideales. Podría decir que se podía hacer uso de los ideales.  Hoy los ideales se han pulverizados y la propuesta que hay para el adolescente es entrar en el mundo del consumo.
Ahora bien, me interesa detenerme en este punto para dar cuenta de una situación que nuestra época vive a diario. Como por ejemplo he escuchado de jóvenes decir: “dame el celular o te mato”  Me parece que esta expresión requiere de una interpretación, es decir interrogarnos porqué alguien mataría por un celular. Muchas veces caemos en determinados prejuicios de considerar a estos jóvenes sólo por el lado de la delincuencia y no nos detenemos en analizar los síntomas en relación a la época. Entonces podríamos preguntarnos ¿Qué es lo que el Otro social marca en el sujeto?
Para responder voy a servirme de las palabras de un psicoanalista francés Alexandre Stevens. Este autor nos dice, que el mundo del consumo, de los objetos consumibles, en primer lugar no permite fácilmente restablecer ideales, más bien provoca el deseo de tener los objetos consumibles. Cabe preguntarse ¿Qué efectos tiene en los jóvenes no poder acceder a estos objetos de consumo? La respuesta más evidente es el efecto de la monstruosa exclusión que provoca no poder alcanzar estos objetos. Si el ideal es el objeto de consumo, para tenerlo no hay sino dos soluciones: comprarlo o robarlo. Entonces la cuestión para estos jóvenes de los suburbios marginales, no es necesariamente la exclusión social en el sentido de una dificultad en tener lo más elemental para vivir. Por lo tanto no es una exclusión de los bienes necesarios. Ellos se encuentran en una situación en la que se les propone desear objetos y al mismo tiempo, en la imposibilidad de tenerlos.  Este es, por decir así, el auténtico monstruo de la exclusión.
A esto agregaría que muchos jóvenes roban para vender y comprar otro objeto de consumo como puede ser el tóxico. De este modo ubicamos como el objeto de consumo viene al lugar del ideal. Y como consecuencia los síntomas que surgen en el adolescente pueden estar en conexión a la compulsión del consumo de diferentes maneras. Como por ejemplo: bulimia, toxicomanías, gadgets, imágenes, etc. Conduciendo al sujeto a una práctica de goce que lo deja en un callejón sin salida. Quedando sumidos en una satisfacción mortífera, que apaga el deseo y rechaza todo saber.
Desde el psicoanálisis lacaniano podemos pensar las salidas de la adolescencia por el lado de una elección del sujeto, de decidir una profesión, un nombre, un ideal, la elección de una pareja o asumir una posición sexuada. Diría, pues, que se tratará de las soluciones que cada sujeto encuentra en un análisis para salir de la adolescencia.
Pensemos que el adolescente puede elegir un síntoma que tenga una envoltura significante. Es decir no en su vertiente de sufrimiento, de padecimiento. Cuando hablamos de síntomas también tenemos que decir que constituir un síntoma estabiliza. Por ejemplo hacer de una profesión un síntoma. Tener un proyecto de vida es un modo de montar un escenario en nuestra realidad, que le dará un sentido a nuestro vivir. Podría decir que es un hacer acorde a un síntoma, articulado a una elección que tendrá una envoltura vivificante para un sujeto.
Concluyamos, entonces, que las soluciones que cada adolescente alcanza en un análisis tienen diferentes caminos, no son las mismas para todos. Puede incluir el desciframiento del síntoma, puede incluir una invención a su sufrimiento o algún anudamiento en relación a su deseo.  Recordemos que Freud ya nos advertía que el analista está alejado de cualquier furor curandis. En este sentido se tratará no de encontrar soluciones al modo del furor curandis sino de hallar las diferentes soluciones que un joven o niño puede extraer del trabajo que un psicoanálisis propone a un sujeto. Y es precisamente el deseo del analista, el que contribuye a crear las condiciones de un arreglo menos sufriente con el goce del síntoma.
*Psicoanalista
Texto publicado en la Revista Vecino
http://www.elvecinoderosario.com.ar/?p=1512


domingo, 14 de agosto de 2016

Tres preguntas a Gustavo Dessal



1) La primera pregunta tiene que ver con la terminación del análisis y el cambio de analista. ¿Qué ocurre en aquellos casos en los que el analizante, después de un recorrido de años con un analista, zanja su relación con él y elige cambiarlo por otro? ¿Se ha producido una sustitución, una subrogación de la persona que encarna el supuesto saber de una a otra? ¿Tiene que ser eso entendido como dificultades transferenciales (y por tanto dificultades a superar por el analizante dentro del propio trabajo de analizarse) o cabe la posibilidad de que cada fase del análisis de una persona vaya asociado a un analista diferente?

G.D: Es difícil, por no decir imposible, dar una respuesta genérica a una cuestión muy variable según los casos. El cambio de analista puede obedecer a razones muy diversas. Desde luego, en última instancia es siempre la transferencia lo que está en juego, aunque ello no debe entenderse necesariamente como algo que habría podido ser "superado". No toda la transferencia es elaborable, y existen momentos en los que un cambio de analista es la única salida para relanzar el deseo, o la apertura del inconsciente. En ocasiones, la transferencia o la reacción terapéutica negativas solo admiten un nuevo análisis, aunque desde luego ello no garantiza una inmunidad contra la repetición. Lo que sí podemos responder de forma general es que en todos los casos, el nuevo analista debe tratar con tacto y minuciosidad el punto de interrupción anterior, y no sucumbir a la satisfacción narcisista de ser "el sujeto supuesto saber más", fantasma que a menudo el analizante expresa de forma directa o tácita en las primeras entrevistas. Es fundamental que analista y analizante puedan alcanzar cierta elaboración sobre el punto o el momento de la cura en la que se produjo la finalización de la etapa previa.

2) He leído una cita de Lacan que parece decir que es el fin de análisis lo que convierte al analizante en analista. Ese paso tendría que ver con la destitución del propio analista del lugar del saber. Imagino que unido con otro logro como saber del propio deseo. ¿Qué relación se establece entre los analistas con los que a su vez continúan analizándose? ¿Los lazos transferenciales son diferentes? ¿Serían más teóricos que los establecidos antes o no tiene nada que ver con la “teoría” y siguen jugándose cuestiones inconscientes?

G.D: No sé si comprendo el sentido y el alcance de esta pregunta. El pase de analizante a analista no es una destitución del Otro, sino del sujeto. La destitución del Otro es más bien lo que sucede en la transferencia negativa, que es algo diferente. Destitución subjetiva quiere decir que el analizante asume a la vez la falta en ser definitiva e incurable, y al mismo tiempo obtiene la certidumbre de una diferencia absoluta como causa del deseo. Eso no impide, desde luego, que alguien que ha obtenido eso en un análisis no puede, llegado el caso y las contingencias de la vida, demandar un nuevo análisis. La transferencia no será por ello menos legítima, y desde luego sus resortes nada deberán a los conocimientos intelectuales, teóricos o doctrinarios. Por fortuna, el análisis no produce un desecamiento del inconsciente.

3) ¿Existe el fin de análisis en tratamientos con niños? Se me ocurre que no puede pedirse un atravesamiento del fantasma en el caso de terapias institucionales con niños pequeños. ¿Serviría para orientar a los padres en este caso para la interrupción o fin de tratamiento un aligeramiento del malestar del niño o un alivio sintomático? Comprendo la dificultad de generalizar la respuesta a las diferentes estructuras y casos, pero me gustaría preguntar si hay épocas o periodos, por ejemplo el de latencia, que por ser menos conflictivo, o menos activo, requiera con menos urgencia tratamiento. Lo planteo por la idea de no cronificar ante los padres y la escuela las dificultades de un niño, por más que se presuponga que pueden aparecer dificultades posteriores en la adolescencia.

G.D: No practico el análisis con niños, de modo que mi respuesta no está respaldada por una experiencia. Entiendo que el fin del análisis con niños solo puede fundarse en criterios exclusivamente terapéuticos. No obstante, es fundamental tener presente que ellos no habrán de establecerse sobre la base de la demanda y los ideales de los padres, ni tampoco a partir de los requerimientos de las instancias educativas. Nuestra labor no es contentar ni a los padres ni a los educadores, sino interesarnos por el sufrimiento del niño y la verdad que subyace a sus síntomas, con el propósito de permitirle un alivio y un manejo más eficaz de su mundo. Eso puede ser necesario a cualquier edad, y no creo que la latencia sea por definición un período menos proclive al conflicto, a la angustia, o al desencadenamiento de una neurosis, por ejemplo.

Preguntas realizadas por: Margarita Frances

viernes, 5 de agosto de 2016

Tres preguntas a Carmen Cuñat


1) Interrupciones


En tanto la experiencia analítica no se reduce a una técnica, no podemos saber de antemano el curso de la misma. Esto no impide que hablemos de dirección de la cura. Siguiendo la lectura que propone JAM en "El partenaire síntoma" (1), el final del análisis se inscribe en la lógica de lo posible ¿Qué pasa cuando una cura se termina bajo la modalidad de la interrupción? ¿Podemos pensar que las interrupciones obedecen a la lógica de lo necesario? ¿Cómo se orienta con ello el analista?

En el texto citado, J.-A. Miller sitúa las modalidades lógicas de lo imposible y lo necesario del lado de la "articulación significante", en oposición a "la investidura libidinal" donde coloca a lo contingente y lo posible. Añade que el pase es del orden de lo posible.

C.Cuñat: Pero ¿qué es una interrupción? Creo que sería interesante diferenciar la interrupción de los encuentros con un analista y la interrupción de un análisis propiamente dicho. En el primer caso, puede ocurrir que se interrumpan esos encuentros sin que haya habido entrada en análisis. En el segundo caso, habría que juzgar primero si ha habido análisis y después ver qué es lo que precipitó la interrupción. Desde el punto de vista analítico lo que precipita o preside una interrupción es la caída del sujeto supuesto saber, la desinvestidura del analista. Cuando eso ocurre, el analista ya no está para ese analizante en el orden de lo necesario. Esto puede ser interpretado como que se ha terminado el análisis. Que es posible proseguir sin el analista. Un encuentro con lo real como imposible puede precipitar de nuevo a un sujeto al análisis. Ahí se instaura de nuevo el orden de lo necesario, el síntoma como lo que no cesa de escribirse. Lo contingente del encuentro hará posible o no un análisis y su terminación. Pero eso no se puede saber por anticipado

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2) Sin tiket de salida

En el "Seminario 11", Lacan define la operación que pondría en marcha al analizante: la instauración del sujeto supuesto saber inicia el recorrido con el paso del inconciente sujeto al inconciente como saber. Sabemos que luego del tiempo que hace falta, resta como núcleo duro eso que no cambia; aparece así un límite al trabajo de desciframiento

En "Los usos del Lapso", JAM precisa (2): “La inferencia, la conclusión es siempre un asunto de deseo... hay que saltar un hiato antes de inferir, el hiato de ese S(A/) y su abismo... Lacan recuerda que esto se inscribe en el lugar de S(A/), que hay allí un abismo que solicita una decisión”.

¿Cómo se articularía la dimensión del inconciente saber, el trabajo de producción de saber en el análisis con ese lugar de S(A/), en el que se inscribiría la conclusión de la experiencia?

C.Cuñat: No hay tiket de salida, eso se ve muy bien en los testimonios de los AE. Ha habido todo un trabajo de elaboración y de reducción que les lleva a plantearse la salida.
Pero en último término la salida depende de una decisión ética, del coraje de pegar el salto, de enfrentar "el hiato del S(A tachado) y su abismo". Es el "Il faut y aller" del que nos hablaba Anne Lysy recientemente.
La salida no es el resultado de una deducción lógica. De la misma manera, Lacan señala que "el sentido cientificista" de Freud no le permitió reconocer que su inferencia del inconsciente era fruto de una decisión ética. El coraje de Freud está antes que la inferencia. Está el saber que se obtiene en un análisis por la vía de la repetición, pero en el momento de concluir ese saber se torna vano. El que no termina es quizás porque aun le da mucho valor a ese saber. Si el inconsciente al final deviene real es porque es pura brecha. Pero el que termina no se va de vacío; es porque ha conseguido tener una idea de su modo de gozar singular y ha consentido a ello. Al escuchar a los AE, parece que es esto lo que promueve el coraje.

3) Incidencias del final de análisis del analista en la dirección de las curas

En el curso “Cosas de Finura”, clase VII, 14 enero 2009, JAM aborda “lo que ocurre” en la experiencia analítica distinguiendo el análisis que comienza, el análisis que dura y el análisis que termina

Estas tres modalidades del análisis exigen que el analista no tenga ni la misma posición ni el mismo modo de hacer, dirá, y más adelante, alude al acto analítico como “un no retroceder ante la estructura de ficción de un psicoanálisis”. ¿Podemos pensar que este “no retroceder” encuentra su sostén en las consecuencias de haber llevado su propio análisis hasta el final, haber hecho la experiencia del inconsciente real? ¿Sostener la orientación a lo real en una cura implica que el analista se haya confrontado él mismo al hiato entre verdad y real? ¿Influye en el analista, en cómo dirige las curas, su propia terminación del análisis?

C. Cuñat: Sin duda, cómo el analista ha terminado el análisis influye en cómo dirige sus curas. Y si este ha hecho la experiencia del final cabe pensar que sabrá acompañar al analizante aún cuando el sujeto supuesto saber esté en entredicho. Pero la terminación de uno no garantiza la terminación del otro. El paso a dar para salir queda a cargo del analizante.

1. J.-A. Miller El partenaire síntoma, Pág. 367 y ss.
2. J.-A. Miller, Los usos del lapso, Pág. 110-111.

Preguntas realizadas por: Leonora Troianovsk