sábado, 17 de septiembre de 2016

ESTÉTICAS DE CONSUMO Shame: adicción al sexo, imágenes y femineidad.


Por Nicolás Bousoño*



El film Shame – estreno británico del 2011, dirigido por Steve McQueen y protagonizado por Michael Fassbender - nos brinda una excelente ocasión para captar algunos efectos de la época en la vida del hombre moderno.

La película muestra la existencia de Brandon Sullivan, un hombre en sus 30 años, residente en Nueva York, que pasa su tiempo entre un trabajo anodino y la búsqueda compulsiva de acción sexual de lo más variada. La aparición de su hermana conmueve su precario equilibrio y permite captar algunos de los bordes que puede producir lo femenino en tiempos de la feminización del mundo.

No es una película placentera; de una realización cuidada al detalle, impacta, incomoda; su particular estilo narrativo nos hace testigos de la vida desvergonzada y vergonzosa de sus protagonistas. Muestra, de una manera ejemplar, lo que Lacan ubica en su Seminario El reverso del psicoanálisis2una vida sin vergüenza deja a la vida misma como vergüenza que tragarse; y nuestra época, la hipermodernidad, la Sociedad del espectáculo, permite que las cosas se deslicen fácilmente hacia allí.

Es lo que la película nos deja ver, una de las facetas más crudas de nuestra cultura. Muestra lo que podría considerarse una historia pequeña.
Un tipo común, habitante de la gran metrópolis, sin raíces, al que le cuesta levantarse, que desayuna siempre lo mismo, toma el subterráneo siempre a la misma hora y viaja siempre con la misma gente.

Y lo muestra en lo que puede ser el estrago contemporáneo, la bancarrota subjetiva, muerto en vida en su rutina, (aunque más que rutina habría que decir continuidad), sólo, abandonado a sus propios impulsos, tratando de extraer algo de vida de allí, de lo más inmediato, de su cuerpo, en una búsqueda de satisfacción permanente y permanentemente fallida.

La película es ejemplar en ese punto, si el superyó freudiano, resto del conflicto edípico, ponía en primer plano la culpa; el superyó contemporáneo, el de la época en que los ideales dejan de estar en conflicto con la pulsión, empuja a buscar una satisfacción ilimitada, que encuentra su término en la muerte misma.

La película nos brinda un tour por los distintos medios de los que puede valerse el superyó en el siglo 21. Sustancias - bebidas energizantes, alcohol, cocaína -, gadgets -teléfonos, pantallas varias -, distintas prostitutas, sostienen a Brandon; hacen uno con él y le sirven para defenderse de toda alteridad posible, para rechazar esa Otra dimensión las veces que podría tener lugar en él. No hacen más que confirmar la agudeza de Freud al situar a la masturbación como la adicción primordial, adicción que brinda una certeza al sujeto sobre el fondo de una angustia que se le hace intolerable. A ello apela Brandon cada vez que se ve confrontado con la más mínima experiencia de división subjetiva, ante cualquier vacilación, se agarra de ahí, podríamos decir, para sostenerse.

Lo que puede ser un hombre actual, al que J.-A. Miller ha llamado "un hombre sin atributos"3, su existencia reducida a una cifra, sin una dimensión significante en la que realizarse. Entonces, feminización porque está en juego la lógica del no-todo, pero un no-todo que deja a cada uno empujado a una búsqueda de más de lo mismo, cada uno en lo suyo. Es por eso que E. Laurent denomina a la feminización del mundo, "Superyoización" 4.
Es claro que ese funcionamiento mortífero, en continuidad, no es lo femenino. Si bien la alteridad que implica lo femenino puede resultar superyoica para un hombre, se trata de otra cosa.

¿Y dónde está lo femenino en la película? En los bordes. Es lo que queda en las orillas de la existencia de Brandon. Su horror ante lo femenino es el horror de la contemporaneidad misma, su rechazo encarna el rechazo del discurso capitalista por la castración, por las cosas del amor, y en ese mismo punto tampoco puede posicionarse como hombre, quedando librado a una vida vergonzante.

Al mismo tiempo que la película expone esas facetas de nuestra cultura, también muestra el poder de lo femenino, lo que puede tener de profundamente humanizante -y a veces trágico- que esa alteridad tome la forma de pregunta por el deseo.

La película nos muestra distintas figuras de las mujeres de hoy, no en todas hay algo de lo femenino, claro. Brandon se mueve con mucha comodidad en el mundo de las imágenes, maneja los señuelos de una manera muy hábil. Bien parecido y observador, en ese terreno se centran sus relaciones y sus poderes. Mientras se trate de marketing, mientras esté en juego el fetichismo de la mercancía, su éxito es rotundo. Cuando las mujeres se presentan puramente como desechos o como sus semejantes (como en la escena del bar con la mujer de traje) la cosa funciona.
Es diferente en la escena en la que cruzan miradas en el subte con una joven, vemos allí un anticipo de lo mal que se lleva con la dimensión enigmática, huidiza, fugaz que puede tener lo femenino.

Pero son su hermana y su compañera de trabajo las que muestran con más nitidez las figuras de lo femenino en el mundo de Brandon, y cuando entran en juego, producen síntomas.

Ambas hablan y le piden que escuche, le piden cobijo, le piden detalles; le piden amor; pretenden Otra cosa de él, lo que abre el interrogante por el deseo y lo involucra en los problemas de la vida.

Su hermana -quien se presenta como una voz que insiste, enigmática, en el contestador telefónico, rechazada con fastidio por él- figura (parafraseando a Lacan) la beldad que esta vez es quien golpea los postigos esperando que le abran. Lo femenino se presenta haciendo borde, como una demanda loca que insiste en el contestador. Es en esa relación con la demanda de esa mujer extraviada, estragada, que puede situarse el inicio de un recorrido subjetivo de Brandon.

Es ella quien obtiene algunos gestos de amor de él, convocándolo a un lugar que le resulta enigmático. El "somos familia" dicho por su hermana provoca el "¿Qué quieres de mi?", cuya respuesta por parte del propio Brandon, pone su vida en otro plano. Introduce algo de dignidad en ella. En su vida y en su hermana.

Es allí que él se desprende de sus gadgets, va a buscar amorosamente a su compañera de trabajo, produciéndose el síntoma de la impotencia en el encuentro sexual con ella, la mostración posterior con la prostituta y el desenlace. No voy a hablar del final, por los que no la vieron.
Más que la secuencia dramática de la película me interesa destacar allí una lógica que es pertinente para nuestro trabajo como analistas. ¿Cómo responder a los síntomas actuales? Estando atentos, disponibles; el lugar del analista es un lugar más bien femenino, nos recuerda M. Bassosls 5, ¿Cómo poner en función su faceta humanizante? Es la pregunta que se actualiza en cada encuentro.

1 Psicoanalista, Miembro de la Escuela de la Orientación Lacaniana y de la Asociación Mundial de Psicoanálisis.
2 Lacan, J. El Seminario, libro 17, El reverso del psicoanálisis. Paidós, Bs. As.
3 Miller, J.-A. "La era del hombre sin atributos", en Virtualia 15, revista digital de la EOL.
4 Laurent, E. Intervención oral en el Simposio internacional "Lo que Lacan sabía sobre las mujeres", Miami, U.S.A. 2013.
5 Bassols, M. "Entrevista", en Newsletter nro. 12 de las XXIII Jornadas anuales de la EOL.

viernes, 9 de septiembre de 2016

La virilidad en crisis



Oscar Zack
Oscar Zack

La época empuja para alcanzar un goce sin medida poniendo de relevancia la función imperativa del superyó que ordena gozar promoviendo un espectáculo exhibicionista.

Así se propone entronizar al yo como un amo que detenta el saber de cómo adherir a una supuesta manera universal de la manera de gozar.

Poder del mercado, pseudociencias y globalización mediática confluye en este propósito.

La ilusión que se pretende transmitir es que los sujetos que consientan a estas coordenadas se irán acercando al cenit de un goce ilimitado.

Con el declive y la caída del Nombre del Padre se va generando las condiciones para la irrupción de lo real de un goce indialectizable. Así se va abriendo paso a nuevas formas de la subjetividad, y por añadidura a nuevas formas de expresión de la diferencia sexual.

Nuevas identidades sexuales se van configurando que cuestionan, al menos fenoménicamente, la clásica división entre hombres y mujeres, razón por la cual se va diluyendo el límite que los separaba, empero lo que permanece inalterable es la partición sexual que se desprende de las formulas de la sexuación de tal forma que sexuación y género pueden no coincidir.

Una Figura de la virilidad:

¡Ya no quedan hombres! Gritan con cierto tono de resignación algunas analizantes mujeres, grito que denuncia a los hombres, que eluden, resisten –incluso hasta rechazan- todo aquello que los concierna para asumir la responsabilidad de partenaires estables, sostén de la familia y –por supuesto- padres. Ese grito que resuena en la privacidad del consultorio no es otra cosa que uno de los efectos de “una declinación social de la Imago paterna” (1).

Este fenómeno ha producido un desorden en la tradición que enmarcaba el lazo entre los sexos.

En los tiempos del reinado del Nombre – del – Padre, las diferencias estaban claramente delimitadas y las fronteras que separaban las distintas identificaciones y los distintos semblantes que portaban hombres y mujeres se hacían notar con fuerza.

También se podía saber y distinguir cuál era un hombre viril y cuál no.

Sabemos que las posiciones sexuales se sostienen en la función de nudo que adquiere el “complejo de castración inconsciente” a partir del cual el sujeto podrá, o no, identificarse con el tipo ideal de su sexo y de esta forma responder de manera adecuada a las vicisitudes de su partenaire en la relación sexual e incluso acoger con justeza a las del niño que es eventualmente es procreado en ellas. (2).

¿Cuál es para el hombre, el tipo ideal de su sexo en los tiempos de la hipermodernidad? ¿Cómo pensar en los tiempos actuales el estatuto de la virilidad cuando el lazo entre hombres y mujeres ha padecido tantas transformaciones?

J.-A. Miller (3) presenta a partir de un texto de Alexandre Kojève (4) como el declive viril e incluso su desaparición en el mundo contemporáneo, es impensable sin considerar el declive del padre. Esta afirmación encuentra sus raíces en El Seminario IV al comentar las vicisitudes en la sexuación del pequeño Hans. Allí se sostiene la no- complementariedad entre la elección de objeto heterosexual y la virilidad de tal forma “que el sujeto se mantiene en una cierta posición de pasividad desde el punto de vista sexual. Hay legalidad heterosexual, por el objeto al cual se liga, a saber, el objeto femenino. Sin embargo la legitimidad de esa elección es dudosa”. Hay una disyunción entre legalidad y legitimidad. “Hans está en conformidad con el orden establecido puesto que como niño se interesa por las niñas y, seguramente, continuará en esa vía a lo largo de su vida. Sin embargo, no parece ocupar esta posición de una manera que, a los ojos de Lacan, sea viril –la ocupa de forma pasiva” (5).

¿Qué transmite el texto de Kojève? Que nos encontramos “en un mundo que es nuevo porque está completa y definitivamente privado de hombres”. Un mundo que difiere del todo de aquel de antaño, donde se distinguía a los hombres viriles, ya que prácticamente lo único que usaban eran “pantalones de franela”. El filósofo nos relata, con cierta humillación viril, que ya en los comienzos 1950 los hombres fueron adquiriendo una cierta inclinación, anteriormente femenina, que es la de ofrecerse a la mirada ya sea desnudos –pero con los cuerpos trabajados y musculosos- o en deshabillé. Nos recuerda también (ahora con viril orgullo) que en otras épocas la desnudez estaba reservada a las jóvenes mujeres, y que en otros tiempos no era cosa fácil desvestir a los hombres viriles. “Se necesitaban cuatro o cinco para sacar a un brillante caballero de su luminosa armadura, y más recientemente la ayuda de un vigoroso muchacho para extraer tal militar ilustre de sus finas botas lustradas” (6).

Al final del texto, no sin un dejo de nostalgia e ironía, el autor nos confronta con que, luego de aceptar forzadamente la existencia de chicas normales que se comporten como verdaderas mujeres, se pregunta ¿encontrarán acaso los verdaderos hombres que necesitarían, en un mundo donde la potencia del macho ha sido puesta en la actividad pacifica y laboriosa (aunque debidamente motorizada) de un esposo fecundo?

Saludemos esta novedad no sin “una cierta sonrisa” (7) resignada: El hombre viril se va extinguiendo. En su lugar encontramos su metamorfosis, a saber: el esposo fecundo.

Esta irónica figura se constituye en un ideal de padre para la familia moderna. El daño hecho a la función paterna es lo que explica el sentimiento de desaparición de lo viril” (8).

Así se abren las puertas a la cultura unisex, que pretenderá socavar que a que la mujer asuma lo femenino reconociéndose como tal y que el hombre asuma el tipo viril. Estamos en los umbrales de la feminización del mundo contemporáneo.

Los nuevos ideales.

Los efectos de la hipermodernidad produjo, a partir de los años 90, una nueva figura que asoma como un ideal para el sexo masculino: el metrosexual.

En el año 1994 el escritor británico llamado Mark Simpson introduce ese nuevo significante al analizar los efectos del consumismo en la identidad masculina. El nuevo hombre del siglo XXI es un sujeto muy interesado en su imagen y víctima fácil de la publicidad.

Su prototipo es un joven con mucho dinero que vive en las grandes metrópolis (de allí su denominación), donde se encuentran las tiendas de marcas, los clubes, los gimnasios, las importantes peluquerías, gusta vestirse con ropa de marca y vistosa, suele pintarse las uñas, usa cremas para mantener el cuidado de su piel y no duda en teñirse el pelo. Puede ser gay, heterosexual o bisexual. Lo característico es que se toma a sí mismo como objeto de amor fascinado por la pulsión escópica. ¡Ha nacido un nuevo Narciso! Partenaire ideal en un mundo voyeurista.

Se distingue no por su inclinación sexual sino por desarrollar un estilo de vida que privilegia el cuidado su imagen.

Su forma de goce está condicionada por estas coordenadas.

Hoy se ofrece, como modelo identificatorio a los sujetos masculinos, que privilegien ser el falo antes que tenerlo, con las consecuencias de una feminización acorde a los efectos del discurso capitalista.

Así toma cuerpo una de las ofertas del mercado: todos feminizados.

Frente a esto el psicoanálisis debe “estar a la altura de la subjetividad de la época” no para ser el sostén de la tradición sino para ser su síntoma. Sostener su discurso que no comulga con los ideales de la época.

“El psicoanalista, entonces, no se recluta entre quienes se entregan por entero a las fluctuaciones de la moda en materia psicosexual” (10), como así tampoco se recluta entre los nostálgicos del padre.

La apuesta es otra: abrevar en la tradición para articularse a lo nuevo, para poder así inventar una práctica analítica acorde a los tiempos actuales, tiempos donde el ideal viril fue reemplazado por el cuerpo musculoso presentificando una crisis que vectoriza un recorrido que va desde antiguas coordenadas certeras a las actuales, colmadas de incertidumbres.

Referencias Bibliográficas:

1-Lacan, J., La Familia, Homo Sapiens, 1977, Argentina, pág.112
2-Lacan, J., “La significación del falo”, en Escritos 2, Siglo XXI, Argentina, 2003, pág.665
3-Miller, J.-A., “Buenos Días Sabiduría”, en Colofón N° 14, 1996, Madrid, pág. 34-41
4-Kojève, A., “F. Sagan: El Ultimo Mundo Nuevo”, en Descartes N° 14, Anáfora, Argentina, 1995, pág.124-129
5Miller, J.-A., Ibídem
6-Kojève, A., Ibídem
7-Títulos de las novelas de F. Sagan que comenta A. Kojève en el artículo citado
8-Miller, J.-A., Ibídem
9-Lacan, J., El Seminario, Libro V, “Las Formaciones del Inconsciente”, Paidós, Buenos Aires- Barcelona, 1999, pág. 170
10-Lacan, J., El Seminario, Libro IV, “Las Relaciones de Objeto”, Paidós, Barcelona–Buenos Aires, 1994, pág. 421

jueves, 8 de septiembre de 2016

Salidas y soluciones de la adolescencia.Por Verónica Lagamma

Por Verónica Lagamma



Podemos comenzar diciendo que la pubertad marca el inicio de la adolescencia. La pubertad introduce una metamorfosis, tal como lo trabaja Freud en “Tres ensayos sobre la teoría sexual” y es aludida por Lacan en términos de despertar. Sabemos que la adolescencia es una etapa frágil donde hay un peligro de contornearse hacía lo peor. Este  momento acarrea un viraje importante, donde lo que está en juego es la elección de una posición subjetiva, que implica un modo de gozar y también un modo de desear. Los modos y los medios que los adolescentes utilizan para poder cernir esta posición son heterogéneos.  Una de las particularidades que marca este tiempo es el de la búsqueda a veces silenciosa y otras no tanto de nuevos nudos para crear ciertos anclajes.  Es decir que el adolescente se verá en la búsqueda de anudar de un modo novedoso aquello que ya no responde al continente de la infancia. Es por eso que podemos pensar este momento como de un cierto desamparo subjetivo. El Otro, no se le presenta como alguien al cual podría dirigirse. Esa apuesta al Otro como apoyo de un ideal, de un saber queda abolida. Es decir, este Otro se le presenta como alguien que no puede aportarle una solución. Y esto es lo que muchas veces escuchamos decir del adolescente, que no cuenta lo que le pasa, que está encerrado o refugiado en algún goce indecible.
La clínica con adolescentes nos enseña que las soluciones que ellos recurrían en la infancia no son ya resolutivas en el despertar de la pubertad. Algo viene hacer sombra en el cuadro de la infancia. Es así que se les presentan nuevos problemas que fuerzan a nuevas soluciones. Llegando en muchos casos al desencadenamiento del síntoma en su vertiente más sufriente. La entrada en la adolescencia va a implicar hallar una salida. La dificultad que hoy encontramos es que la adolescencia se alarga y no sabemos cuándo se sale de ella.  La adolescencia se hace eterna cuando no se halla una posible salida. Hoy podemos recibir en nuestros consultorios sujetos que cronológicamente no estarían en la adolescencia, y sin embargo constatamos una indeterminación en sus elecciones, en sus decisiones. La elección de una carrera, una profesión o algún interés que pueda emerger del sujeto queda suspendida, dejando al sujeto en un estado de divagación.
 Cabe entonces preguntarnos qué decimos cuando hablamos de salidas de la adolescencia. Y de qué manera un adolescente puede salir. En primer lugar no hay única salida, sino que vamos a pensar en múltiples salidas, haciendo hincapié en la singularidad de cada sujeto. Desde esta perspectiva es que pienso que las salidas que el adolescente intenta encontrar van a estar en relación a las diferentes soluciones que cada adolescente puede inventar en el transcurso de un análisis.

El encuentro con un analista puede posibilitar a un adolescente que ponga en palabras sus sufrimientos, sus afectos. Es hablando que el sujeto adolescente puede hilar de otra manera las piezas que constituyen  su vivir y decir de la novedad que se introduce en este despertar. Despertar que lo convoca a un imposible de decir. Es un imposible de decir sobre temas que estaban amparados en la infancia. Muerte y sexualidad llevan las marcas de un imposible de decir. Y sobre todo es la confrontación con lo imposible de saber sobre el sexo.
Hoy los sufrimientos de los adolescentes están marcados por la época del discurso capitalista, donde la exigencia de gozar es más fuerte que aquella que conlleva a un ideal. La idea de Lacan es que, antes de esta época capitalista, los sujetos podrían encontrar a partir de los padres un cierto número de ideales. Podría decir que se podía hacer uso de los ideales.  Hoy los ideales se han pulverizados y la propuesta que hay para el adolescente es entrar en el mundo del consumo.
Ahora bien, me interesa detenerme en este punto para dar cuenta de una situación que nuestra época vive a diario. Como por ejemplo he escuchado de jóvenes decir: “dame el celular o te mato”  Me parece que esta expresión requiere de una interpretación, es decir interrogarnos porqué alguien mataría por un celular. Muchas veces caemos en determinados prejuicios de considerar a estos jóvenes sólo por el lado de la delincuencia y no nos detenemos en analizar los síntomas en relación a la época. Entonces podríamos preguntarnos ¿Qué es lo que el Otro social marca en el sujeto?
Para responder voy a servirme de las palabras de un psicoanalista francés Alexandre Stevens. Este autor nos dice, que el mundo del consumo, de los objetos consumibles, en primer lugar no permite fácilmente restablecer ideales, más bien provoca el deseo de tener los objetos consumibles. Cabe preguntarse ¿Qué efectos tiene en los jóvenes no poder acceder a estos objetos de consumo? La respuesta más evidente es el efecto de la monstruosa exclusión que provoca no poder alcanzar estos objetos. Si el ideal es el objeto de consumo, para tenerlo no hay sino dos soluciones: comprarlo o robarlo. Entonces la cuestión para estos jóvenes de los suburbios marginales, no es necesariamente la exclusión social en el sentido de una dificultad en tener lo más elemental para vivir. Por lo tanto no es una exclusión de los bienes necesarios. Ellos se encuentran en una situación en la que se les propone desear objetos y al mismo tiempo, en la imposibilidad de tenerlos.  Este es, por decir así, el auténtico monstruo de la exclusión.
A esto agregaría que muchos jóvenes roban para vender y comprar otro objeto de consumo como puede ser el tóxico. De este modo ubicamos como el objeto de consumo viene al lugar del ideal. Y como consecuencia los síntomas que surgen en el adolescente pueden estar en conexión a la compulsión del consumo de diferentes maneras. Como por ejemplo: bulimia, toxicomanías, gadgets, imágenes, etc. Conduciendo al sujeto a una práctica de goce que lo deja en un callejón sin salida. Quedando sumidos en una satisfacción mortífera, que apaga el deseo y rechaza todo saber.
Desde el psicoanálisis lacaniano podemos pensar las salidas de la adolescencia por el lado de una elección del sujeto, de decidir una profesión, un nombre, un ideal, la elección de una pareja o asumir una posición sexuada. Diría, pues, que se tratará de las soluciones que cada sujeto encuentra en un análisis para salir de la adolescencia.
Pensemos que el adolescente puede elegir un síntoma que tenga una envoltura significante. Es decir no en su vertiente de sufrimiento, de padecimiento. Cuando hablamos de síntomas también tenemos que decir que constituir un síntoma estabiliza. Por ejemplo hacer de una profesión un síntoma. Tener un proyecto de vida es un modo de montar un escenario en nuestra realidad, que le dará un sentido a nuestro vivir. Podría decir que es un hacer acorde a un síntoma, articulado a una elección que tendrá una envoltura vivificante para un sujeto.
Concluyamos, entonces, que las soluciones que cada adolescente alcanza en un análisis tienen diferentes caminos, no son las mismas para todos. Puede incluir el desciframiento del síntoma, puede incluir una invención a su sufrimiento o algún anudamiento en relación a su deseo.  Recordemos que Freud ya nos advertía que el analista está alejado de cualquier furor curandis. En este sentido se tratará no de encontrar soluciones al modo del furor curandis sino de hallar las diferentes soluciones que un joven o niño puede extraer del trabajo que un psicoanálisis propone a un sujeto. Y es precisamente el deseo del analista, el que contribuye a crear las condiciones de un arreglo menos sufriente con el goce del síntoma.
*Psicoanalista
Texto publicado en la Revista Vecino
http://www.elvecinoderosario.com.ar/?p=1512