sábado, 15 de octubre de 2016

EL LUGAR DEL NIÑO EN LA ACTUALIDAD. CUERPO Y GOCE.

CLAUDIA LIJTINSTENS


Para situar algunas características actuales de los lazos, de las modalidades de emparejarse, de hacer familia, voy a hacer referencia a algunos nuevos regímenes de satisfacción y su relación a los cuerpos.
Resulta ineludible retomar la cuestión de cómo la lógica del consumo (Brousse, 2012) rige los lazos de una manera generalizada. Estos toman las mismas valoraciones mercantilizadas de etiquetas y fechas de caducidad, de lo fácilmente descartable, de las liquidaciones o las buenas ofertas. Esto produce, por un lado, la deriva hacia un anonimato del sujeto en tanto bien de consumo generalizable; y por otro, la manipulación del desecho, lo trucho, falso o no original que se ofrece como un objeto en sí mismo devaluado, a menor costo pero muy fascinador en el plano imaginario.

La avidez desenfrenada por alcanzar estos objetos y apresar la felicidad como sostén social organiza un circuito claramente siniestro en relación al empuje a a satisfacción autoerótica, componiendo extremas soledades con los desconciertos identificatorios que estas conllevan.

Si los lazos sociales quedan liberados de las tradiciones y sueltos de todo discurso —a excepción del discurso capitalista— la moral sexual y las prácticas sexuales quedan también eximidas de la represión ancestral en el Otro. Afirmada en un polimorfismo extravagante, la sexualidad adulta se acerca cada vez más a la perversión tal como Freud (1905 [2008]) la planteó en el sentido perverso-polimorfo de la sexualidad infantil, con el agregado, por supuesto, de la dimensión del acto sexual.

En tanto el goce se ha liberado de la creencia, se ha fracturado el anudamiento del deseo y el amor, lo que se produce un estallido manifiesto al pasaje al acto.

Podemos definir a esta época como la de una “modernidad avanzada” (Berenger, 2006), en la que existe, por un lado, una tendencia a la democratización y a la liberalización de los vínculos, pero a la vez se percibe una inestabilidad y desarraigo de esos lazos.

La marcada tendencia a la individualización hace que el sujeto se vea impulsado a construir su existencia alrededor de su narcisismo y su satisfacción.

En el mismo sentido y con gran frecuencia los hijos mismos obstaculizan este proceso, o por el contrario, recae en ellos el antídoto contra la soledad.

Si antes eran las parejas las que, idealmente, programaban los nacimientos y se encargaban de trasmitir el nombre y el apellido familiar como un derecho de los niños, hoy se visualiza cómo es a partir del niño que se constituye una familia. “El niño crea la familia” (Laurent, 2010, p.21), sea cual fuese el lazo social (no necesariamente biológico) que determina esta asociación.

Las transformaciones de la familia moderna (Fleisher, 2004) pueden situarse como consecuencia directa de las transformaciones de la moral sexual, que está condicionada a su vez, no sólo por los cambios generacionales, sino también por lo las nuevas tecnologías y las formas discursivas que promueven tomar al niño como objeto de consumo o como el desecho de los lazos familiares mismos —El niño resto—.

Observamos cómo la simetría reina en estas nuevas configuraciones, y los medios de comunicación funcionan, muchas veces, más bien como medios masivos de identificación, justamente cuando los referentes familiares o los de una autoridad permanecen frágiles para decodificar sus mensajes y acercar alguna interpretación.

El niño queda, simplemente captado por la imagen, sin poder descifrar los imperativos a agruparse bajo el mismo rasgo común, bajo la misma satisfacción, sin la necesidad de pasar por el otro.

Así es como funciona la primacía de lo imaginario y lo virtual en la tendencia actual de la comunicación.

Por la inmediatez de la información, el saber que el niño construye alrededor de aquello que no tiene una sencilla representación —la sexualidad, la muerte, el devenir humano—, resulta insuficiente o excesivo para construir un sentido que organice temporalmente su decir y su lazo. Lo que permanece ausente es un referente que sirva de traducción a los asuntos de la satisfacción.

Cuando ese saber no logra servir de soporte de una ficción que permita acomodar e interpretar la realidad, irrumpen la angustia, las inhibiciones y los síntomas como arreglos inusitados e ineludibles.

EN CUANTO A LAS PAREJAS Y EL AMOR…

Las declinaciones del amor y de la sexualidad, el adormecimiento o el embelesamiento por la imagen y las pantallas, impactan en las nuevas particularidades que asume la sexualidad. Cada uno con su estandarte de goce se construye una lista de nominaciones que devienen de las prácticas de goce que se vuelve interminable. Y estas nominaciones son ofrecidas para promover más identificaciones a esa caracterización de satisfacción.

Tan interminable es esa lista como los modos de gozar, aspirando a eliminar el malentendido, la castración y dejando reducido cada sujeto al extremo del sentido común a partir de ese broche imaginario de satisfacción.

Estas modalidades de elecciones menos estándares, delinean formas novedosas de anudamiento que se vuelven compatibles con la variedad y la multiplicidad de nuestro tiempo. Nuevas formas subjetivas no ancladas del todo al Nombre del Padre (NP) ni al falo, “…donde el NP está, pero no pueden hacer uso de este instrumento…” (Laurent (1998) s/d) trayendo aparejadas neo-identidades.

Un artículo publicado en abril de 2013 en el New York Times da cuenta del fenómeno haciendo referencia a la nueva sigla que proponen los militantes universitarios por los derechos por la diversidad sexual: LGBTQIAP.

A la conocida Lesbians, Gays, Bisexual and Transexuals, agregan la “A” por Asexual, para quienes carecen de atracción sexual, la “Q” para los Questioning o confundido, la “I” de Intersexual, personas de sexo ambiguo, y la “P”, para quienes se consideran Pansexuales o poliamorosos.

Esta aspiración al reconocimiento de los derechos de quien se reconoce como homosexual, poliamoroso o andrógino, como héterocurioso o pansexual, gira en realidad, también, en torno a la cuestión de la legalización, de la normalización de las conductas. Este empuje a modos de goce segregativos, resultante del multiculturalismo contemporáneo, traduce también la fragmentación del NP.

Las identidades múltiples, simétricas, semejantes, la vecindad de goces, es lo que viene al lugar de la identificación, donde el cuerpo, el amor y la sexualidad son claramente devaluados, promoviendo semblantes fugaces, efímeros que deprecian en el mismo nivel el encuentro con el otro sexo.

En el film, Hombres, mujeres y niños (Reitman, 2014) se investiga el efecto de esta devaluación sobre las familias, los adolescentes y sus padres. Allí se muestra cómo la pornografía y las redes sociales en general son, al mismo tiempo, la evasiva y la causa de una trama de conflicto dentro de lo familiar y lo subjetivo, donde lo íntimo se vuelve público, donde los derechos y leyes entre padres e hijos están permanentemente manipulados, donde el anonimato es una protección y la felicidad un bien supremo al que es posible de arribar. Se pueden apreciar las simetrías entre padres e hijos, entre madres e hijas, las analogías de goces en las que prevalece como ordenador el ideal de esos cuerpos, los que pueden alcanzar el éxtasis de un goce desconocido.

Desligándose de las relaciones y de los lazos, los cuerpos se encuentran sin la trama discursiva que los envuelve. Cuerpos adormecidos, entumecidos, freezados o aburridos, protegidos y sumergidos en un goce autoerótico fuertemente expuestos al goce de la mirada.

Padres ocupados en sus propios goces interrumpidos, o en sus propios fracasos por la fractura silenciada entre el amor y el deseo, transforman el amparo y la protección en sinónimo de vigilancia. Producto de sus propias decepciones y desilusiones, se encargan de volverse centinelas de lo imaginario y de lo imposible de programar del encuentro siempre equívoco de los sexos.

Reclaman porque sus hijos no relatan o confiesan sus angustias cuando en realidad, no hay quién escuche ni se detenga a mirar.

Las pantallas funcionan como espejos de cuerpos excesivamente delgados, de pornografía o de videojuegos, en los que adolescentes y padres quedan atrapados en un goce virtual/visual del espejo, en una inmersión en la imagen que crea la ilusión preventiva de hacer desaparecer el propio cuerpo a partir de lograr ausentarse lo más posible del otro.

Así también, la pornografía explorada por padres e hijos se convierte en una especie “orgía de partes sin cuerpo y sin amor” (Stiglitz, 2015). Satisfacciones asociadas esencialmente a un objeto sin el entramado del entrecruzamiento entre el amor, deseo y goce. La elocuencia del film permite apreciar que, cuando el malentendido y el síntoma de la pareja parental se reducen al rechazo sexual del partenaire, el adolescente vive su iniciación sexual con el mismo rasgo de rechazo, impotencia y angustia para acceder a un goce sexual.

Inhibiciones severas, anorexias extremas, desamparo, soledades agudas, angustias y extravíos, miedos, hasta la depresión y el pasaje al acto es lo que muestran muchos jóvenes frente al mandato despiadado de un cuerpo que luzca como el trofeo ideal, ya sea el del deportista triunfador o el de la belleza extrema.

Lacan, en La tercera (1988 [1998]), habla de la angustia y se pregunta ¿a qué tenemos miedo? Y responde que tememos a nuestro cuerpo. Es el sentimiento que surge de esa sospecha que nos viene de reducirnos a nuestro propio cuerpo. Es el miedo del miedo.

Allí, cuando el sujeto queda sólo reducido a un objeto de satisfacción pulsional, la pulsión queda taponada por sus objetos y allí emerge el miedo y la angustia.

Lo vemos en la joven anoréxica más abruptamente, en los padres y sus propios desvaríos. Pero también vemos que cuando ingresa el amor en el lazo, como en el film, asoma en Tim (Ansel Elgort) la posibilidad de frenar esa tendencia del sujeto a la identificación al objeto y con ello, algo importante en la vida puede suceder. La posibilidad de restituir algo de un sentimiento de vida, luego del abandono y rechazo de la madre, y del apartar él mismo, el futbol como el significante y la vía que hasta ese momento le permitía el acceso al padre y a la vida. Hay alguien que toma el lugar de Otro, de un significante vivo, de un cuerpo y de una palabra y eso alivia.

Muchas veces el analista viene a ese lugar. A ofrecerse como un significante vivo, un cuerpo, una palabra….intentando despertar del adormecimiento, a sacar al niño o al joven de esa absorción por la imagen. Lo hace de manera discreta, acompañándolo en la lectura de esos nuevos semblantes para tratar de hacer con lo imposible, localizando una posición singular de goce en un cuerpo animado.


REFERENCIAS BIBLIOGRÁFICAS
Barthes, R. (1975 [s/d]) “Upon leaving the movie theatre” en Communications, N° 23.
Berenguer, E. (2006) “El lugar de la familia en la actualidad” en Virtualia N°15, Revista Digital De la Escuela de la Orientación
Lacaniana. Disponible en: http://virtualia.eol.org.ar/

Brousse, M.-H. (2012) Los nuevos desordenes. Nel Mexico. Disponible en: http://www.nel-mexico.org/articulos/seccion/varite/edicion/La-vida-sexual-contemporanea/558/Los-nuevos-desordenes.
Fleisher, D. (2004) Clínica de las Transformaciones Familiares. Buenos Aires: Grama.
Freud, S. (1905 [2008]) “Tres ensayos sobre teoría sexual” en Obras Completas. Volumen VII. Buenos Aires: Amorrortu.
Lacan, J. (1988 [1998]) “La tercera” en Intervenciones y textos 2. Buenos Aires: Manantial.
Laurent, E. (1998) “El goce Toxicómano” en Sujeto Goce y Modernidad. Buenos Aires: Atuel..
Laurent, E. (2010) ”Es el niño el que hace la familia” en El psicoanálisis con niños 3. Tramar lo singular. Buenos Aires: Grama.
Stigliz, G. (2015): “Entrevista Express” previa al XI Seminario Internacional del CIEC Como vivimos hoy. Nuevos Goces: el cuerpo y la aversión por el lenguaje en el siglo XXI. Disponible en: http://www.cieccordoba.com.ar/ensenanzas/seminario-internacional/seminario-internacional-2015/65-ensenianzas/seminario-internacional/seminario-internacional-2015/157-video.

miércoles, 12 de octubre de 2016

Lo virtual y lo real, ¿seguirán siendo diferentes?

Gustavo Dessal1

(Madrid, España)


Una imagen vale más que mil palabras. La frase - no hay acuerdo sobre quién la dijo, o si se trata de un proverbio - es un tópico perfectamente discutible, y posiblemente falaz. Es verdad que algunas imágenes - no todas - poseen una potencia significativa capaz de condensar un discurso. Fue así como Freud logró descifrar el enigma de los sueños: demostrando que las imágenes oníricas constituyen un tratamiento formal de las palabras, una estructura análoga a la del jeroglífico. De allí que la imagen pueda descomponerse, fragmentarse, dispersarse mediante las palabras, tal como ocurre cuando el sátiro del sueño de Alejandro es atrapado por la red interpretadora de Artemidoro: la imagen desaparece, y en su lugar emergen los significantes (Sa Tyros: Tiro es tuya) que deciden la batalla. Por lo tanto, el mecanismo puede invertirse, y las palabras logran convertirse en imágenes. El inconsciente hace eso (Freud lo llamó "consideración de la representabilidad") y también puede lograrlo el talento creador de quienes fabrican un decir con las imágenes.

En los últimos años, diversos especialistas en mercadotecnia, publicidad y ciencias de la comunicación han verificado que un individuo en los Estados Unidos percibe - de forma consciente o subliminal - un promedio de 5000 imágenes publicitarias por día. Muchos estudios han demostrado que el efecto de saturación va en aumento, debido al factor multiplicador de las tecnologías en red. A partir de determinado umbral perceptivo, el sujeto es incapaz de retener la información, de allí que el 90% de la energía publicitaria se pierde. Eso supone un reto, un desafío por crear mensajes que "sobresalgan" del flujo medio, pero la tendencia a la saturación acaba por reabsorberlos. La intoxicación de las imágenes publicitarias comienza a forzar un cambio de paradigma en este terreno, y aunque de momento su emergencia es discreta, se presenta como un nuevo modo de promover el consumo de determinado producto.

Muy sucintamente, el capitalismo moderno ha empleado tres modelos de venta sucesivos. En una primera época, el acento se ponía en las bondades del producto mismo. El objeto era el hipocentro del mensaje, y la reproducción de su imagen constituía el foco principal del dispositivo publicitario. Más tarde, la imagen adquirió un valor significante mediante lo que podríamos denominar una "absorción metafórica" del objeto a través de la marca. La marca, imagen significantizada del objeto, pasa a ser el eje alrededor del cual gira la dinámica del mensaje. La marca se vuelve metáfora del objeto, se convierte ella misma en el objeto a poseer, al punto de que el producto debe mostrarla de forma ostensible, y no simplemente mediante la etiqueta en el revés de una prenda. Como un subcapítulo, o quizás un perfeccionamiento de este método, debemos destacar la "literalización" del objeto. "CK", "D&G" y "DK" son letras convertidas en imágenes, que a su vez "transportan" la presencia del objeto. La significación libidinal del objeto queda cifrada en esta imaginarización de la letra, y esa técnica ha dado excelentes resultados durante décadas. No obstante, y al igual que cualquier otro procedimiento que requiera del sentido gozado del sujeto como pieza clave, su vida no es eterna, y en los últimos años la eficacia de la marca comienza a mostrar signos de desgaste. ¿Cómo hacerle frente? Eso es algo que ya incumbe a una nueva forma de capitalismo, que algunos denominan emocional. El capitalismo que asume de forma decidida una nueva metodología. Para seducir, es necesario conocer mejor los mecanismos subjetivos. La idea de "imponer" un objeto forzando el imaginario social o colectivo es cosa del pasado, así como querer convencer al usuario sobre la necesidad de adquirir determinado producto. Ahora es decisivo trabajar con dos variables fundamentales: el deseo y el goce. No es preciso que los publicistas y creadores de imagen lean a Lacan. Muchos lo hacen, muchos se analizan, pero otros llegan por distintos medios a "captar" esos conceptos, aunque no los nombren de la misma manera, ni posean una teoría consistente sobre ellos. Lo importante es que saben cómo emplearlos, cómo adaptar el mensaje a esos resortes inconscientes para ponerlos al servicio del mercado. Así es como aparece una tercera etapa, la del "storytelling", que consiste en presentar el objeto en el interior de un desarrollo narrativo. La publicidad se vuelve de este modo un microrelato, con el cual se puede vender desde un yogur hasta una guerra. La imagen debe "tocar" el fantasma, tal como Freud lo explica en su breve texto "Personajes psicopáticos en el teatro", es decir, el núcleo de la identificación.

El problema de la saturación consiguió de este modo un cierto alivio, pero nuevamente pasajero. El crecimiento a gran escala de la narratividad comercial también desemboca en una intoxicación del deseo. Eso no significa, desde luego, que la publicidad haya perdido por completo su efecto, pero se produce una desproporción cada vez mayor entre la multiplicación exponencial de los productos y las capacidades estratégicas y tácticas para convertirlos en objetos a. Por lo tanto, y aunque el cambio de paradigma sea aún incipiente, comenzamos a ver una nueva e ingeniosa fórmula, que apela esta vez no directamente al plus de gozar sino al vacío donde la estructura lo sitúa.



Dicha fórmula utiliza diversos recursos imaginarios, del que podemos extraer los dos que comienzan a difundirse, y que se focalizan en internet, en la medida que el espacio virtual va transformándose paulatinamente en el lugar donde todo sucede. Por una parte, grandes multinacionales han creado páginas webs destinadas a "hablarle" al consumidor. En dichas páginas no se menciona en ningún momento el producto que está en juego. La firmaLoreal, por ejemplo, se dirige a las mujeres para hacerlas depositarias de un sinnúmero de secretos sobre belleza, sin mostrar sus preciados y costosos objetos de venta. Por su parte, Kelloggs nos abre a un mundo infinito de conocimientos sobre la salud y el cuerpo, sin amenazarnos con cuencos rebosantes de cereales.


El otro método consiste en emplear los mismos elementos narrativos del storytelling, pero omitiendo también el producto. Pequeños videoclips se convierten así en auténticas obras de arte, que narran una historia con fuerte impacto emocional. Una marca de zumos de frutas ha creado una serie, que las mujeres siguen con la misma avidez que ven las series americanas, sin que la secuencia de imágenes revele el objeto. La historia se despliega con asombrosa maestría, a fin de que logre contornear el vacío pulsional, dejando vacante el lugar del objeto, el cual,  "en ausencia y sin efigie", no obstante es evocado.

Jonathan Cary, uno de los más lúcidos estudiosos del reino de la imagen, observa en su libro Las técnicas del observador (Murcia, Cendeac, 2008): "Las tecnologías emergentes de producción de la imagen se están convirtiendo en los mo­delos dominantes de visualización de acuerdo con los cuales funcionan los principales procesos sociales y las instituciones. Y, naturalmente, se entrecruzan con las necesidades de las industrias de la información global y con los requerimientos en expansión de las jerarquías médicas, militares y policiales. La mayor parte de las funciones históricamente importantes del ojo humano están siendo suplantadas por prácticas en las que las imágenes visuales ya no remiten en absoluto a la posición del observador en un mundo «real», percibido ópti­camente. Si puede decirse que estas imágenes remiten a algo, es a millones de bits de datos matemáticos electrónicos. La visualidad se situará, cada vez más, en un terreno cibernético y electromagnético en el que los elementos visuales abstractos y los lingüísticos coinciden y son consumidos, puestos en circulación e intercambiados globalmente".

El ojo humano coexiste cada vez más con el ojo cibernético, y aunque no conviene apresurarse con predicciones futuristas, lo cierto es que el sujeto se transforma poco a poco en elemento meramente intermediario entre una racionalidad técnica y redes sociales de información y comunicación. Una nueva mirada va colonizando la experiencia humana. Habremos de ver qué síntomas resultan de esta progresiva mutación.
                                                                                               

1 Psicoanalista y escritor. AME de la Escuela Lacaniana de Psicoanálisis y de la AMP. Docente del Instituto del Campo Freudiano en España. Como autor de ficción escribió varios libros de relatos y novelas.

miércoles, 5 de octubre de 2016

El niño y el deseo de la madre.Por Verónica Lagamma



Por Verónica Lagamma*

En este libro “El niño y el deseo de la madre” se van a encontrar con la lectura del primer Lacan, lo que Lacan nos aporta de este deseo en sus comienzos, pero también avanzo bordeando el deseo de la madre con los aportes de la última enseñanza de Lacan. El deseo de la madre no es un deseo indivisible, tiene diferentes maneras de presentarse. En efecto a medida que escribía este libro el deseo de la madre se abría y se presentaba para desarrollarlo largamente. Para bordear el deseo de la madre me apoyé estrictamente en la lectura de Lacan pero también la singularidad de mi escritura está en relación a mi experiencia clínica.
Para empezar recordemos que Freud proponía en “Introducción al Narcisismo” al niño como His Majesty the Baby. El niño ocupaba el lugar del yo ideal perdido por el adulto.  Lugar de objeto de deseo de los padres. La propuesta freudiana nos invita a elucubrar su lado opuesto. Niños rechazados, forcluidos, niños cuyo nacimiento ha sido insoportable para sus padres. Podría decir que se trata de la imposibilidad de parte de los padres de admitir a un niño en el nido del deseo. Es necesario ubicar que si bien todo niño tiene un lugar como objeto, este objeto en el mejor de los casos va a estar recubierto por lo fálico. Cuando los padres no llegan a abrigar al niño con la cobija fálica, el niño retorna como objeto real. En efecto, en las subjetividades de esta época- subjetividades gobernadas por el discurso capitalista- el niño se encuentra ubicado bajo la rúbrica del objeto. Desde aquí, podemos pensar como se presenta hoy el deseo de hijo. Hoy el niño es también producto de la ciencia, está ubicado como mercancía que se puede comprar, y obtener por los logros científicos.

En nuestros tiempos, el deseo de un hijo recubre un querer gozar particular.  Facilitando la caída del niño falo. Y es precisamente en los avatares de la llegada de un niño donde el deseo puede soltarse o puede inflarse implicando al niño en su subjetivad. No hay un destino fijo, Lacan nos dice hay variables. Un niño muy deseado también puede presentar luego mayores dificultades. Cabe señalar que es en un análisis donde se vislumbra el lugar que el sujeto ha tenido en el deseo del Otro, deseo contingente y heterogéneo.

En esta dirección, desde la perspectiva del deseo de los padres, deseo que nos reviste al nacer, Lacan nos advierte diciendo que ese revestimiento del deseo está perdido. Hubo un deseo que nos trajo al mundo, que nos hizo nacer pero después se abortó. Quedó perdido. Es la cobija fálica perdida, esa esperanza de ser el falo para el Otro lo que se pierde. Y es en este marco que el sujeto se confrontará con el agujero de la promesa, que lo enviará a iniciar el trayecto de la  pregunta por su deseo, deseo del lado del sujeto.

Para adentrándonos en el deseo de la madre, es necesario situar que una mujer está entre el goce fálico y el más allá de lo fálico (goce femenino). El goce femenino, goce no-todo es un goce silencioso, ilimitado. Que puede presentarse de un modo sombrío, pero no siempre es así, ya que también puede estar anudado al deseo de un hombre.  El modo de goce de una mujer va a depender de cómo mantenga este desdoblamiento. Dicho esto, podemos ubicar que el goce femenino puede conducir a la ausencia de la madre, es decir volverla ausente. La diferencia va a estar si esa sumisión al goce ausencia irrumpe íntegramente, o cómo esta ausencia va a estar articulada más del lado de la simbolización fálica. Conviene aclarar que si bien una mujer encuentra el tapón de su No-toda con el niño- lo que le dará un ser de madre-, no por eso la sensibilidad del goce femenino en una madre quedará suprimida.

Un niño puede caer en este lugar S(A/) [1].  Es decir,  alojarse en el goce femenino ilimitado. El goce femenino puede derramase sobre el niño. Lo ilimitado del goce, su intensidad puede trasladarse al niño. Cuando no se produce la articulación entre el deseo de la madre y el Nombre del Padre, el deseo de la madre queda articulado a este goce sin medida. Además hay que añadir que esta operación, la del padre, siempre es fallida, dejando difundir cierto goce del deseo materno.

Teniendo esto en consideración, podemos empezar a percibir que el deseo de la madre por más que esté anclado con la ternura de una madre va a conectar con el modo de goce de una mujer. Precisemos que este deseo es un deseo distinto a otros,  es un deseo que se produce en la ligazón con el niño, causando estragos. El estrago de este deseo proviene de un goce sin medida, ilimitado. En efecto, este deseo es imposible de soportar tal cual, así lo explica Lacan en el Seminario 17 cuando utiliza la metáfora de la boca de cocodrilo abierta. Detrás del deseo de la madre hay una mujer, una mujer con su goce. Siempre oímos decir que la madre no borre a la mujer. Diría en contraposición que una mujer puede borrar a la madre originando actos de Verdadera mujer.  Es decir hay que diferenciar entre una mujer que admite su lugar femenino en relación a un hombre (contenida en lo fálico) a los  actos de una Verdadera mujer, como por ejemplo Medea. Medea es un personaje de la mitología griega que mata a sus hijos. Este acto de derramar su goce ilimitado sobre sus niños puede interpretarse como el triunfo de las pasiones más peligrosas que puede esconder el deseo de una madre. Por supuesto que el ejemplo de Medea es un caso extremo. Eric Laurent nos dice que lo que anuda a la madre con el hijo no está sola­mente del lado del bien, no se puede enmascarar simple­mente con un “suficientemente buena”. En mi libro tengo varios casos clínicos donde se puede localizar esa articulación entre el límite y lo ilimitado del niño y su madre. Estos casos nos aportan la intensidad del goce femenino que puede trasladarse al niño.

Es importante considerar que cada mujer se sitúa frente a la maternidad por caminos distintos. Marcados por el deseo, por el rechazo, por la ausencia, o el amor. Cada mujer tendrá un modo singular de hacer con el desdoblamiento de su goce. El niño no será indiferente a este desdoblamiento del goce de una mujer. Tal es así que dependerá de cómo produzca- una mujer- este desdoblamiento de su goce lo que originará o no estrago en el niño. El niño tendrá que saber arreglárselas con este goce, goce que no está regulado por el falo.

Es Lacan quien nos dice que no nos resulta indiferente el deseo de la madre, por lo tanto este es un deseo del cual vamos a interrogarnos tanto de niño como de adulto. Es un deseo que deja rastros, imposible de nombrar comple­tamente. Y digamos algo más, este deseo conecta con lo real en tanto es imposible de soportar, en tanto allí nos encontramos con lo real de lo femenino. El niño intentará atrapar lo real del deseo de la madre, lo simbolizará en las ficciones de sus juegos. Es en sus juegos que algo de este deseo podrá ser atrapado, nombrado. El niño al llegar a preguntarse por el deseo de la madre hará caer este deseo, que él no puede sostener porque responde a lo más íntimo de una mujer entrela­zada en una madre.

El principio que sostengo en mi libro es que la sensibilidad femenina sobre la madre va a determinar diferentes posturas maternas. Posturas maternas porque no hay sola una. Con esto digo que el deseo de la madre tiene más de un modo de presentarse. Habitando de una  manera singular en cada mujer.

Publicado en Página/12.
Nota
1- S(A/) Designa el goce de la mujer.

Psicoanalista*