Por Verónica Lagamma*
En este libro “El niño y el
deseo de la madre” se van a encontrar con la lectura del primer Lacan, lo que
Lacan nos aporta de este deseo en sus comienzos, pero también avanzo bordeando
el deseo de la madre con los aportes de la última enseñanza de Lacan. El deseo
de la madre no es un deseo indivisible, tiene diferentes maneras de
presentarse. En efecto a medida que escribía este libro el deseo de la madre se
abría y se presentaba para desarrollarlo largamente. Para bordear el deseo de
la madre me apoyé estrictamente en la lectura de Lacan pero también la
singularidad de mi escritura está en relación a mi experiencia clínica.
Para empezar recordemos que
Freud proponía en “Introducción al Narcisismo” al niño como His Majesty the Baby. El niño ocupaba el lugar del yo
ideal perdido por el adulto. Lugar de objeto de deseo de los padres. La
propuesta freudiana nos invita a elucubrar su lado opuesto. Niños rechazados, forcluidos, niños
cuyo nacimiento ha sido insoportable para sus padres. Podría decir que se trata
de la imposibilidad de parte de los padres de admitir a un niño en el nido del
deseo. Es necesario ubicar que si
bien todo niño tiene un lugar como objeto, este objeto en el mejor de los casos
va a estar recubierto por lo fálico. Cuando
los padres no llegan a abrigar al niño con la cobija fálica, el niño retorna como objeto real. En
efecto, en las subjetividades de
esta época- subjetividades gobernadas por el discurso capitalista- el niño se encuentra ubicado bajo la
rúbrica del objeto. Desde aquí, podemos pensar como se presenta hoy el deseo de hijo. Hoy el niño es también producto de la
ciencia, está ubicado como mercancía que se puede comprar, y obtener por los
logros científicos.
En nuestros tiempos, el deseo
de un hijo recubre un querer gozar particular. Facilitando la
caída del niño falo. Y es precisamente en los avatares de la llegada de un
niño donde el deseo puede soltarse o puede inflarse implicando al niño en su
subjetivad. No hay un destino fijo, Lacan nos dice hay variables. Un niño muy
deseado también puede presentar luego mayores dificultades. Cabe señalar que es
en un análisis donde se vislumbra el lugar que el sujeto ha tenido en el deseo
del Otro, deseo contingente y
heterogéneo.
En esta dirección, desde la
perspectiva del deseo de los padres, deseo que nos reviste al nacer, Lacan nos
advierte diciendo que ese revestimiento del deseo está perdido. Hubo un deseo que nos trajo al mundo,
que nos hizo nacer pero después se abortó. Quedó perdido. Es la cobija fálica perdida, esa esperanza
de ser el falo para el Otro lo que se pierde. Y es en este marco que el sujeto
se confrontará con el agujero de
la promesa, que lo enviará a
iniciar el trayecto de la pregunta por su deseo, deseo del lado del
sujeto.
Para adentrándonos en el deseo
de la madre, es necesario situar que una mujer está entre el goce fálico y el
más allá de lo fálico (goce femenino). El goce femenino, goce no-todo es un
goce silencioso, ilimitado. Que puede presentarse de un modo sombrío, pero no
siempre es así, ya que también puede estar anudado al deseo de un hombre.
El modo de goce de una mujer va a depender de cómo mantenga este
desdoblamiento. Dicho esto, podemos ubicar que el goce femenino puede conducir
a la ausencia de la madre, es decir volverla ausente. La diferencia va a estar
si esa sumisión al goce ausencia irrumpe íntegramente, o cómo esta ausencia va
a estar articulada más del lado de la simbolización fálica. Conviene aclarar
que si bien una mujer encuentra el tapón de su No-toda con el niño- lo que le
dará un ser de madre-, no por eso la sensibilidad del goce femenino en una
madre quedará suprimida.
Un niño puede caer en este
lugar S(A/) [1]. Es decir,
alojarse en el goce femenino ilimitado. El goce femenino puede derramase
sobre el niño. Lo ilimitado del
goce, su intensidad puede trasladarse al niño. Cuando no se produce la articulación
entre el deseo de la madre y el Nombre del Padre, el deseo de la madre queda
articulado a este goce sin medida. Además hay que añadir que esta operación, la
del padre, siempre es fallida, dejando difundir cierto goce del deseo materno.
Teniendo esto en
consideración, podemos empezar a percibir que el deseo de la madre por más que
esté anclado con la ternura de una madre va a conectar con el modo de goce de
una mujer. Precisemos que este
deseo es un deseo distinto a otros, es un deseo que se produce en la
ligazón con el niño, causando estragos.
El estrago de este deseo proviene de un goce sin medida, ilimitado. En efecto, este deseo es imposible de soportar
tal cual, así lo explica Lacan en el Seminario 17 cuando utiliza la metáfora de
la boca de cocodrilo abierta. Detrás del deseo de la madre hay una mujer, una
mujer con su goce. Siempre oímos decir que la madre no borre a la mujer. Diría
en contraposición que una mujer puede borrar a la madre originando actos de
Verdadera mujer. Es decir hay que diferenciar entre una mujer que admite
su lugar femenino en relación a un hombre (contenida en lo fálico) a los
actos de una Verdadera mujer, como por ejemplo Medea. Medea es un personaje de
la mitología griega que mata a sus hijos. Este acto de derramar su goce
ilimitado sobre sus niños puede interpretarse como el triunfo de las pasiones
más peligrosas que puede esconder el deseo de una madre. Por supuesto que el
ejemplo de Medea es un caso extremo. Eric
Laurent nos dice que lo que anuda a la madre con el hijo no está solamente del
lado del bien, no se puede enmascarar simplemente con un “suficientemente
buena”. En mi libro tengo varios
casos clínicos donde se puede localizar esa
articulación entre el límite y lo ilimitado del niño y su madre. Estos casos
nos aportan la intensidad del goce femenino que puede trasladarse al niño.
Es importante considerar que cada mujer se sitúa frente a la
maternidad por caminos distintos. Marcados por el deseo, por el rechazo, por la
ausencia, o el amor. Cada mujer
tendrá un modo singular de hacer con el desdoblamiento de su goce. El niño no
será indiferente a este desdoblamiento del goce de una mujer. Tal es así que
dependerá de cómo produzca- una mujer- este desdoblamiento de su goce lo que
originará o no estrago en el niño. El niño tendrá que saber arreglárselas con
este goce, goce que no está regulado por el falo.
Es Lacan quien nos dice que no nos resulta
indiferente el deseo de la madre, por lo tanto este es un deseo del cual vamos
a interrogarnos tanto de niño como de adulto. Es un deseo que deja rastros,
imposible de nombrar completamente. Y digamos algo más, este deseo conecta con
lo real en tanto es imposible de soportar, en tanto allí nos encontramos con lo
real de lo femenino. El niño intentará atrapar lo real del deseo de la madre,
lo simbolizará en las ficciones de sus juegos. Es en sus juegos que algo de este
deseo podrá ser atrapado, nombrado. El niño al llegar a preguntarse por el
deseo de la madre hará caer este deseo, que él no puede sostener porque
responde a lo más íntimo de una mujer entrelazada en una madre.
El principio que sostengo en
mi libro es que la sensibilidad femenina sobre la madre va a determinar
diferentes posturas maternas. Posturas maternas porque no hay sola una. Con
esto digo que el deseo de la madre tiene más
de un modo de presentarse. Habitando de una manera singular en cada
mujer.
Publicado en Página/12.
Nota
1- S(A/) Designa el goce de la mujer.
Psicoanalista*
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