miércoles, 5 de octubre de 2016

El niño y el deseo de la madre.Por Verónica Lagamma



Por Verónica Lagamma*

En este libro “El niño y el deseo de la madre” se van a encontrar con la lectura del primer Lacan, lo que Lacan nos aporta de este deseo en sus comienzos, pero también avanzo bordeando el deseo de la madre con los aportes de la última enseñanza de Lacan. El deseo de la madre no es un deseo indivisible, tiene diferentes maneras de presentarse. En efecto a medida que escribía este libro el deseo de la madre se abría y se presentaba para desarrollarlo largamente. Para bordear el deseo de la madre me apoyé estrictamente en la lectura de Lacan pero también la singularidad de mi escritura está en relación a mi experiencia clínica.
Para empezar recordemos que Freud proponía en “Introducción al Narcisismo” al niño como His Majesty the Baby. El niño ocupaba el lugar del yo ideal perdido por el adulto.  Lugar de objeto de deseo de los padres. La propuesta freudiana nos invita a elucubrar su lado opuesto. Niños rechazados, forcluidos, niños cuyo nacimiento ha sido insoportable para sus padres. Podría decir que se trata de la imposibilidad de parte de los padres de admitir a un niño en el nido del deseo. Es necesario ubicar que si bien todo niño tiene un lugar como objeto, este objeto en el mejor de los casos va a estar recubierto por lo fálico. Cuando los padres no llegan a abrigar al niño con la cobija fálica, el niño retorna como objeto real. En efecto, en las subjetividades de esta época- subjetividades gobernadas por el discurso capitalista- el niño se encuentra ubicado bajo la rúbrica del objeto. Desde aquí, podemos pensar como se presenta hoy el deseo de hijo. Hoy el niño es también producto de la ciencia, está ubicado como mercancía que se puede comprar, y obtener por los logros científicos.

En nuestros tiempos, el deseo de un hijo recubre un querer gozar particular.  Facilitando la caída del niño falo. Y es precisamente en los avatares de la llegada de un niño donde el deseo puede soltarse o puede inflarse implicando al niño en su subjetivad. No hay un destino fijo, Lacan nos dice hay variables. Un niño muy deseado también puede presentar luego mayores dificultades. Cabe señalar que es en un análisis donde se vislumbra el lugar que el sujeto ha tenido en el deseo del Otro, deseo contingente y heterogéneo.

En esta dirección, desde la perspectiva del deseo de los padres, deseo que nos reviste al nacer, Lacan nos advierte diciendo que ese revestimiento del deseo está perdido. Hubo un deseo que nos trajo al mundo, que nos hizo nacer pero después se abortó. Quedó perdido. Es la cobija fálica perdida, esa esperanza de ser el falo para el Otro lo que se pierde. Y es en este marco que el sujeto se confrontará con el agujero de la promesa, que lo enviará a iniciar el trayecto de la  pregunta por su deseo, deseo del lado del sujeto.

Para adentrándonos en el deseo de la madre, es necesario situar que una mujer está entre el goce fálico y el más allá de lo fálico (goce femenino). El goce femenino, goce no-todo es un goce silencioso, ilimitado. Que puede presentarse de un modo sombrío, pero no siempre es así, ya que también puede estar anudado al deseo de un hombre.  El modo de goce de una mujer va a depender de cómo mantenga este desdoblamiento. Dicho esto, podemos ubicar que el goce femenino puede conducir a la ausencia de la madre, es decir volverla ausente. La diferencia va a estar si esa sumisión al goce ausencia irrumpe íntegramente, o cómo esta ausencia va a estar articulada más del lado de la simbolización fálica. Conviene aclarar que si bien una mujer encuentra el tapón de su No-toda con el niño- lo que le dará un ser de madre-, no por eso la sensibilidad del goce femenino en una madre quedará suprimida.

Un niño puede caer en este lugar S(A/) [1].  Es decir,  alojarse en el goce femenino ilimitado. El goce femenino puede derramase sobre el niño. Lo ilimitado del goce, su intensidad puede trasladarse al niño. Cuando no se produce la articulación entre el deseo de la madre y el Nombre del Padre, el deseo de la madre queda articulado a este goce sin medida. Además hay que añadir que esta operación, la del padre, siempre es fallida, dejando difundir cierto goce del deseo materno.

Teniendo esto en consideración, podemos empezar a percibir que el deseo de la madre por más que esté anclado con la ternura de una madre va a conectar con el modo de goce de una mujer. Precisemos que este deseo es un deseo distinto a otros,  es un deseo que se produce en la ligazón con el niño, causando estragos. El estrago de este deseo proviene de un goce sin medida, ilimitado. En efecto, este deseo es imposible de soportar tal cual, así lo explica Lacan en el Seminario 17 cuando utiliza la metáfora de la boca de cocodrilo abierta. Detrás del deseo de la madre hay una mujer, una mujer con su goce. Siempre oímos decir que la madre no borre a la mujer. Diría en contraposición que una mujer puede borrar a la madre originando actos de Verdadera mujer.  Es decir hay que diferenciar entre una mujer que admite su lugar femenino en relación a un hombre (contenida en lo fálico) a los  actos de una Verdadera mujer, como por ejemplo Medea. Medea es un personaje de la mitología griega que mata a sus hijos. Este acto de derramar su goce ilimitado sobre sus niños puede interpretarse como el triunfo de las pasiones más peligrosas que puede esconder el deseo de una madre. Por supuesto que el ejemplo de Medea es un caso extremo. Eric Laurent nos dice que lo que anuda a la madre con el hijo no está sola­mente del lado del bien, no se puede enmascarar simple­mente con un “suficientemente buena”. En mi libro tengo varios casos clínicos donde se puede localizar esa articulación entre el límite y lo ilimitado del niño y su madre. Estos casos nos aportan la intensidad del goce femenino que puede trasladarse al niño.

Es importante considerar que cada mujer se sitúa frente a la maternidad por caminos distintos. Marcados por el deseo, por el rechazo, por la ausencia, o el amor. Cada mujer tendrá un modo singular de hacer con el desdoblamiento de su goce. El niño no será indiferente a este desdoblamiento del goce de una mujer. Tal es así que dependerá de cómo produzca- una mujer- este desdoblamiento de su goce lo que originará o no estrago en el niño. El niño tendrá que saber arreglárselas con este goce, goce que no está regulado por el falo.

Es Lacan quien nos dice que no nos resulta indiferente el deseo de la madre, por lo tanto este es un deseo del cual vamos a interrogarnos tanto de niño como de adulto. Es un deseo que deja rastros, imposible de nombrar comple­tamente. Y digamos algo más, este deseo conecta con lo real en tanto es imposible de soportar, en tanto allí nos encontramos con lo real de lo femenino. El niño intentará atrapar lo real del deseo de la madre, lo simbolizará en las ficciones de sus juegos. Es en sus juegos que algo de este deseo podrá ser atrapado, nombrado. El niño al llegar a preguntarse por el deseo de la madre hará caer este deseo, que él no puede sostener porque responde a lo más íntimo de una mujer entrela­zada en una madre.

El principio que sostengo en mi libro es que la sensibilidad femenina sobre la madre va a determinar diferentes posturas maternas. Posturas maternas porque no hay sola una. Con esto digo que el deseo de la madre tiene más de un modo de presentarse. Habitando de una  manera singular en cada mujer.

Publicado en Página/12.
Nota
1- S(A/) Designa el goce de la mujer.

Psicoanalista*

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