sábado, 4 de junio de 2016

Se busca la mujer*



Extracto del texto: “El empuje a la mujer y las estructuras clínicas”**
 Sánchez Blanca

 En el inconsciente hay un punto de no saber que recae sobre la mujer, sobre lo femenino. Para Freud, era el hecho de que no hubiera representación para el genital femenino. No se sabe nada sobre la mujer en el inconsciente, por lo cual deviene Otro sexo para ambos sexos, es lo Otro como lo distinto, lo absoluto.

Freud afirma que “la mujer es en todo un tabú”; es decir, no solamente se trata del tabú de la virginidad, sino que extiende el tabú a la mujer en sí misma. Incluso, nombra también a la sexualidad femenina como el dark continent, el continente negro. Lacan enunciaba esto bajo la forma de LA mujer no existe, de lo que resulta su famoso aforismo: no hay relación sexual.

La idea de la forclusión generalizada parte de allí: hay un punto de forclusión a partir del cual se inventarán diversas suplencias; el nombre del padre es una de ellas, la más banal pero no por eso la menos efectiva. Así, el significante de la mujer es un significante perdido.

 Miller, en su texto “Otro Lacan,” sostiene que dentro del dispositivo analítico el sujeto está sometido a una histeria estructural, no solo porque se ve dividido por los efectos del significante, sino también porque se ve lanzado a la búsqueda del significante de la mujer que haría falta para que exista la relación sexual. Cualquiera que entra al consultorio de un analista, aun si es un geómetra, buscará a la mujer; por ello no necesitamos escribir en nuestra puerta “Que no entre aquí si no busca a la mujer”.

De este modo, tanto hombres como mujeres, histéricas, histéricos, obsesivos y obsesivas, cada uno siempre busca a la mujer. Podría uno incluso interrogarse acerca de qué se encuentra cuando se deja de buscarla.

 En esa vía se podría decir que la neurosis “busca la mujer”, mientras que en la psicosis, se pone en juego el “empuje a la mujer”, que nos permite relacionarlo con el empuje en tanto uno términos de la pulsión (que son empuje, objeto, meta, fuente), el empuje como una fuerza constante.

La mujer se relaciona con Otro goce que el fálico. Entonces, el empuje a la mujer, o el se busca a la mujer ¿será un intento de hacer existir, de inscribir, el goce que quedó fuera del falo?

 Ser la mujer que falta a los hombres.

El falo modera el goce, lo localiza por medio de la función paterna, ya que la metáfora paterna coordina el goce con el falo. La forclusión del Nombre del padre tiene su manifestación clínica en la invasión de una significación de goce infinito. Schereber, por ejemplo, habla de este goce ilimitado como de una feminización. Por eso, para él, La mujer existe: es él.

 Tenemos entonces dos forclusiones antinómicas: por un lado la forclusión generalizada de La mujer; por el otro, la forclusión del Nombre del padre. La forclusión del Nombre del padre hace existir a La mujer, pero también pone al objeto a al desnudo.

Miller nos propone que en la psicosis también busquemos la mujer en todas las variantes del delirio (homosexualidad, travestismo, transexualismo, etc.) que traducen delirantemente la infinitización del goce. Así, lo forcluído en lo simbólico como Nombre del Padre, retorna en lo real como Goce del Otro.

En “De una cuestión preliminar a todo tratamiento posible de la psicosis”, Lacan está discutiendo con Ida Macalpine sobre el tema de la transformación en mujer y la Eviración (desaparición del pene) en la que se observa una ambigüedad que es de estructura: “implica que aquello que confina en el nivel imaginario con la transformación en mujer sea lo que le haga caer de toda herencia de la que pudiese legítimamente esperar la afectación de un pene a su persona. […] Por la razón de que si ser y tener se excluyen en principio, se confunden en cuanto al resultado cuando se trata de  una carencia”. [1] La ambigüedad de estructura entre transformarse en mujer y perder el pene es lo que deja a nivel imaginario la transformación en mujer, y hace que caiga lo que podría legitimar la herencia de un pene.

Ser y tener el falo no deberían confundirse. Es más, podríamos decir que en el caso de hombres y mujeres, tenerlo impide serlo; no tenerlo permite serlo. Aquí Lacan ubica que algunos analistas se confunden en relación a una carencia. Y entonces agrega:

 “no es por estar precluído [2] del pene (es decir, no es cuestión de que el pene no está o no se lo ha asumido) “sino por deber ser el falo por lo que el paciente estará abocado a convertirse en una mujer”. [3]

 Según Lacan, la equivalencia muchacha-falo se origina en los caminos imaginarios por lo que el deseo del niño se identifica con la falta en ser la madre, a la cual ella fue introducida por la ley simbólica que constituye la carencia.

 Es interesante, porque en su seminario “Los divinos detalles” Miller subraya el hecho de que en la metáfora paterna ya hay un atravesamiento del goce en relación a la madre, cuando plantea que se reduce al significante del Deseo de la Madre, por eso ya implica una pérdida de goce. Ubica, además, el intercambio de mujeres a nivel imaginario, pero la transmisión en el orden simbólico del falo como significante del deseo.

Hablando del esquema R, Lacan remarca que “la identificación por la cual el sujeto asumió el deseo de la madre desencadena la disolución del tripié imaginario”. La identificación por la que el sujeto asumió el deseo de la madre debería haber sido la identificación con el falo, pero Lacan subraya “cualquiera que sea”, es decir que frente al f0 se asume por la vía de otra identificación. Y agrega Lacan: “Sin duda la adivinación del inconsciente ha advertido muy pronto al sujeto que, a falta de poder ser el falo que falta a la madre, le queda la solución de ser la mujer que falta a los hombres”.
“Este es incluso el sentido del fantasma del período de incubación, la fantasía de duermevela que dice “será hermoso ser una mujer que está sufriendo el acoplamiento”. [4]
Podemos a partir de acá pensar en una hipótesis: la de la estructura de un suplemento que viene a responder a esa falta simbólica, o a la posición que no está marcada por lo simbólico. Define la solución de Schreber por la vía de un suplemento e introduce la solución por el lado de ser “la mujer que falta a los hombres”.

Como sabemos, Lacan reorienta la lectura de la psicosis en relación al padre, a diferencia de los kleinianos que ponían el acento en la madre. Sin embargo, Eric Laurent nos invita a hacer aquí un agregado: no solamente la lectura a partir del padre, sino también la sustitución del punto de vista estrictamente materno para restituir el suplemento femenino en la psicosis; si el ser mujer es un suplemento, un invento, no hay palabras para eso. Por eso se plantea en términos de solución y no de respuesta.

 El inconsciente, en tanto maquinaria de sentido, propone soluciones aunque sean elecciones forzadas por fuera del apoyo fálico, esto cuando la madre no puede simbolizar su deseo en torno al significante fálico.

Hay distintas soluciones: la solución normal, la del como si, la solución sintomática. La solución de Schreber: ser la mujer que falta a los hombres. “…ese es el sentido de la fantasía de duermevela…”: qué hermoso sería ser una mujer en el momento del acoplamiento.

 Podría considerársela como una solución es el sentido de un fantasma. Lacan llama sentido a la lógica de ese fantasma. No habla de la explicación del fantasma, dice que es el sentido del fantasma. Y toma un fantasma que derrama goce, pero para separar ese goce de la articulación lógica: es ubicar que “ser una mujer” quiere decir “ser la mujer que falta a los hombres”. No se trata de creer que Schreber quería ser tomado como se toma una mujer, lo que acentúa la cuestión de la homosexualidad que han tomado muchos autores. Lacan aporta una estructura lógica: ser la mujer que falta a los hombres. Acopla ser y falta, en la medida en que el ser de un sujeto no puede concebirse sino es en relación a una falta.

Tenemos entonces una solución que viene del lado del ser, que está emparejado con una falta: eso nos da la clave del suplemento, un ser que viene a hacer un suplemento a un goce, o un ser que está correlacionado con un goce, que le hace suplemento a una falta.

“qué bello sería…” anuda goce y bello. Por eso sería un fantasma.

Más adelante en el texto de Lacan leemos acerca del retrato del “cadáver leproso conduciendo otro cadáver leproso” que describe la identidad reducida a la confrontación con el doble psíquico, pero que hace patente la regresión tópica al estadío del espejo, en donde la relación con el otro se reduce a su filo mortal.

La otra referencia es la del cuerpo como agregado de nervios extraños.

Hay una determinación simbólica que demuestra cómo se restaura lo imaginario: 1) en el estadio de la práctica transexualista, en la actividad erótica del sujeto por la cual le da a su imagen, adornada con chucherías femeninas, el aspecto del busto femenino. Lo que nos permite ligar el desarrollo de los nervios de la voluptuosidad femenina en las zonas que se supone son erógenas de la mujer. Al no desprender su pensamiento de algo femenino, se colma la voluptuosidad divina. 2) El otro aspecto de los fantasmas libidinales, el que liga la feminización en la coordenada de la copulación divina, y las criaturas por venir.

 Si bien en este escrito, lo libidinal queda a nivel imaginario, intentando su reabsorción en lo simbólico, hablar del empuje a la mujer implica tomarlo como la manifestación de la pulsión en la psicosis.

 El empuje a la mujer se sitúa a nivel de la sexuación del sujeto que implica un modo de goce, como vimos, pero deja en suspenso la elección de objeto. El paranoico, entonces, se ve empujado a ser mujer por no poder inscribirse en la función fálica, pero no dice cuáles son los objetos, si amará o no a las mujeres o a los hombres, se ve empujado a ser mujer ¿homosexual o heterosexual?


*Con este título se ha dictado un seminario en la EOL sobre sexualidad femenina con Luis Darío Salomone en el año 2009.
** Extracto del texto “El empuje a la mujer y las estructuras clínicas” Sánchez Blanca.

1. Lacan, J., “De una cuestión preliminar a todo tratamiento posible de la psicosis”, Escritos 2, Siglo veintinuno, Buenos Aires, 1988, p. 546.
2. En el derecho, la preclusión es el carácter del proceso, según el cual el juicio se divide en etapas, cada una de las cuales clausura la anterior sin posibilidad de replantear lo ya decidido en ella
3. Ibíd. p. 547.
4. Ibíd.
Fotografía: Yasuhiro Ishimoto


Para leer el texto completo leerlo en: http://virtualia.eol.org.ar/029/Lo-femenino-y-la-sexualidad/PDF/El-empuje-a-la-mujer-y-las-estructuras-clinicas.pdf

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