Extracto del texto: “El empuje a la mujer y las estructuras
clínicas”**
Sánchez Blanca
En el inconsciente hay un punto de no saber
que recae sobre la mujer, sobre lo femenino. Para Freud, era el hecho de que no
hubiera representación para el genital femenino. No se sabe nada sobre la mujer
en el inconsciente, por lo cual deviene Otro sexo para ambos sexos, es lo Otro
como lo distinto, lo absoluto.
Freud afirma
que “la mujer es en todo un tabú”; es decir, no solamente se trata del tabú de
la virginidad, sino que extiende el tabú a la mujer en sí misma. Incluso,
nombra también a la sexualidad femenina como el dark continent, el continente
negro. Lacan enunciaba esto bajo la forma de LA mujer no existe, de lo que
resulta su famoso aforismo: no hay relación sexual.
La idea de la
forclusión generalizada parte de allí: hay un punto de forclusión a partir del
cual se inventarán diversas suplencias; el nombre del padre es una de ellas, la
más banal pero no por eso la menos efectiva. Así, el significante de la mujer
es un significante perdido.
Miller, en su texto “Otro Lacan,” sostiene que
dentro del dispositivo analítico el sujeto está sometido a una histeria
estructural, no solo porque se ve dividido por los efectos del significante,
sino también porque se ve lanzado a la búsqueda del significante de la mujer
que haría falta para que exista la relación sexual. Cualquiera que entra al
consultorio de un analista, aun si es un geómetra, buscará a la mujer; por ello
no necesitamos escribir en nuestra puerta “Que no entre aquí si no busca a la
mujer”.
De este modo,
tanto hombres como mujeres, histéricas, histéricos, obsesivos y obsesivas, cada
uno siempre busca a la mujer. Podría uno incluso interrogarse acerca de qué se
encuentra cuando se deja de buscarla.
En esa vía se podría decir que la neurosis
“busca la mujer”, mientras que en la psicosis, se pone en juego el “empuje a la
mujer”, que nos permite relacionarlo con el empuje en tanto uno términos de la
pulsión (que son empuje, objeto, meta, fuente), el empuje como una fuerza
constante.
La mujer se
relaciona con Otro goce que el fálico. Entonces, el empuje a la mujer, o el se
busca a la mujer ¿será un intento de hacer existir, de inscribir, el goce que
quedó fuera del falo?
Ser la mujer que falta a los hombres.
El falo modera
el goce, lo localiza por medio de la función paterna, ya que la metáfora
paterna coordina el goce con el falo. La forclusión del Nombre del padre tiene
su manifestación clínica en la invasión de una significación de goce infinito.
Schereber, por ejemplo, habla de este goce ilimitado como de una feminización.
Por eso, para él, La mujer existe: es él.
Tenemos entonces dos forclusiones antinómicas:
por un lado la forclusión generalizada de La mujer; por el otro, la forclusión
del Nombre del padre. La forclusión del Nombre del padre hace existir a La
mujer, pero también pone al objeto a al desnudo.
Miller nos
propone que en la psicosis también busquemos la mujer en todas las variantes
del delirio (homosexualidad, travestismo, transexualismo, etc.) que traducen
delirantemente la infinitización del goce. Así, lo forcluído en lo simbólico
como Nombre del Padre, retorna en lo real como Goce del Otro.
En “De una
cuestión preliminar a todo tratamiento posible de la psicosis”, Lacan está
discutiendo con Ida Macalpine sobre el tema de la transformación en mujer y la
Eviración (desaparición del pene) en la que se observa una ambigüedad que es de
estructura: “implica que aquello que confina en el nivel imaginario con la
transformación en mujer sea lo que le haga caer de toda herencia de la que
pudiese legítimamente esperar la afectación de un pene a su persona. […] Por la
razón de que si ser y tener se excluyen en principio, se confunden en cuanto al
resultado cuando se trata de una
carencia”. [1] La ambigüedad de estructura entre transformarse en mujer y
perder el pene es lo que deja a nivel imaginario la transformación en mujer, y
hace que caiga lo que podría legitimar la herencia de un pene.
Ser y tener el
falo no deberían confundirse. Es más, podríamos decir que en el caso de hombres
y mujeres, tenerlo impide serlo; no tenerlo permite serlo. Aquí Lacan ubica que
algunos analistas se confunden en relación a una carencia. Y entonces agrega:
“no es por estar precluído [2] del pene (es
decir, no es cuestión de que el pene no está o no se lo ha asumido) “sino por
deber ser el falo por lo que el paciente estará abocado a convertirse en una
mujer”. [3]
Según Lacan, la equivalencia muchacha-falo se
origina en los caminos imaginarios por lo que el deseo del niño se identifica
con la falta en ser la madre, a la cual ella fue introducida por la ley
simbólica que constituye la carencia.
Es interesante, porque en su seminario “Los
divinos detalles” Miller subraya el hecho de que en la metáfora paterna ya hay
un atravesamiento del goce en relación a la madre, cuando plantea que se reduce
al significante del Deseo de la Madre, por eso ya implica una pérdida de goce.
Ubica, además, el intercambio de mujeres a nivel imaginario, pero la
transmisión en el orden simbólico del falo como significante del deseo.
Hablando del
esquema R, Lacan remarca que “la identificación por la cual el sujeto asumió el
deseo de la madre desencadena la disolución del tripié imaginario”. La
identificación por la que el sujeto asumió el deseo de la madre debería haber
sido la identificación con el falo, pero Lacan subraya “cualquiera que sea”, es
decir que frente al f0 se asume por la vía de otra identificación. Y agrega Lacan:
“Sin duda la adivinación del inconsciente ha advertido muy pronto al sujeto
que, a falta de poder ser el falo que falta a la madre, le queda la solución de
ser la mujer que falta a los hombres”.
“Este es
incluso el sentido del fantasma del período de incubación, la fantasía de
duermevela que dice “será hermoso ser una mujer que está sufriendo el
acoplamiento”. [4]
Podemos a
partir de acá pensar en una hipótesis: la de la estructura de un suplemento que
viene a responder a esa falta simbólica, o a la posición que no está marcada
por lo simbólico. Define la solución de Schreber por la vía de un suplemento e
introduce la solución por el lado de ser “la mujer que falta a los hombres”.
Como sabemos,
Lacan reorienta la lectura de la psicosis en relación al padre, a diferencia de
los kleinianos que ponían el acento en la madre. Sin embargo, Eric Laurent nos
invita a hacer aquí un agregado: no solamente la lectura a partir del padre,
sino también la sustitución del punto de vista estrictamente materno para restituir
el suplemento femenino en la psicosis; si el ser mujer es un suplemento, un
invento, no hay palabras para eso. Por eso se plantea en términos de solución y
no de respuesta.
El inconsciente, en tanto maquinaria de
sentido, propone soluciones aunque sean elecciones forzadas por fuera del apoyo
fálico, esto cuando la madre no puede simbolizar su deseo en torno al
significante fálico.
Hay distintas
soluciones: la solución normal, la del como si, la solución sintomática. La
solución de Schreber: ser la mujer que falta a los hombres. “…ese es el sentido
de la fantasía de duermevela…”: qué hermoso sería ser una mujer en el momento
del acoplamiento.
Podría considerársela como una solución es el
sentido de un fantasma. Lacan llama sentido a la lógica de ese fantasma. No
habla de la explicación del fantasma, dice que es el sentido del fantasma. Y
toma un fantasma que derrama goce, pero para separar ese goce de la
articulación lógica: es ubicar que “ser una mujer” quiere decir “ser la mujer
que falta a los hombres”. No se trata de creer que Schreber quería ser tomado
como se toma una mujer, lo que acentúa la cuestión de la homosexualidad que han
tomado muchos autores. Lacan aporta una estructura lógica: ser la mujer que
falta a los hombres. Acopla ser y falta, en la medida en que el ser de un
sujeto no puede concebirse sino es en relación a una falta.
Tenemos
entonces una solución que viene del lado del ser, que está emparejado con una
falta: eso nos da la clave del suplemento, un ser que viene a hacer un suplemento
a un goce, o un ser que está correlacionado con un goce, que le hace suplemento
a una falta.
“qué bello
sería…” anuda goce y bello. Por eso sería un fantasma.
Más adelante
en el texto de Lacan leemos acerca del retrato del “cadáver leproso conduciendo
otro cadáver leproso” que describe la identidad reducida a la confrontación con
el doble psíquico, pero que hace patente la regresión tópica al estadío del
espejo, en donde la relación con el otro se reduce a su filo mortal.
La otra
referencia es la del cuerpo como agregado de nervios extraños.
Hay una
determinación simbólica que demuestra cómo se restaura lo imaginario: 1) en el
estadio de la práctica transexualista, en la actividad erótica del sujeto por
la cual le da a su imagen, adornada con chucherías femeninas, el aspecto del
busto femenino. Lo que nos permite ligar el desarrollo de los nervios de la
voluptuosidad femenina en las zonas que se supone son erógenas de la mujer. Al
no desprender su pensamiento de algo femenino, se colma la voluptuosidad
divina. 2) El otro aspecto de los fantasmas libidinales, el que liga la
feminización en la coordenada de la copulación divina, y las criaturas por
venir.
Si bien en este escrito, lo libidinal queda a
nivel imaginario, intentando su reabsorción en lo simbólico, hablar del empuje
a la mujer implica tomarlo como la manifestación de la pulsión en la psicosis.
El empuje a la mujer se sitúa a nivel de la
sexuación del sujeto que implica un modo de goce, como vimos, pero deja en
suspenso la elección de objeto. El paranoico, entonces, se ve empujado a ser
mujer por no poder inscribirse en la función fálica, pero no dice cuáles son los
objetos, si amará o no a las mujeres o a los hombres, se ve empujado a ser
mujer ¿homosexual o heterosexual?
*Con este título se ha dictado un seminario en la EOL sobre
sexualidad femenina con Luis Darío Salomone en el año 2009.
** Extracto del texto “El empuje a la mujer y las
estructuras clínicas” Sánchez Blanca.
1. Lacan, J., “De una cuestión preliminar a todo tratamiento
posible de la psicosis”, Escritos 2, Siglo veintinuno, Buenos Aires, 1988, p.
546.
2. En el derecho, la preclusión es el carácter del proceso,
según el cual el juicio se divide en etapas, cada una de las cuales clausura la
anterior sin posibilidad de replantear lo ya decidido en ella
3. Ibíd. p. 547.
4. Ibíd.
Fotografía: Yasuhiro Ishimoto
Para leer el texto completo leerlo en: http://virtualia.eol.org.ar/029/Lo-femenino-y-la-sexualidad/PDF/El-empuje-a-la-mujer-y-las-estructuras-clinicas.pdf
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